Relato #10 LA BOMBA DE AGUA Y LA BOTELLA

Para los que se enfrentan a inversiones difíciles

“Érase una vez un hombre que estaba perdido en el desierto, a punto de morir de sed. Llegó a una cabaña semiderruida y desvencijada donde se encontró una vieja bomba de agua, toda oxidada. Se arrastró hacia allí, tomó la manivela y comenzó a bombear y a bombear sin parar, pero nada sucedía. Desilusionado, cayó postrado hacia atrás, y entonces notó que a su lado había una botella vieja.

La miró, la limpió de todo el polvo que la cubría, y pudo leer que decía: “Para que esta bomba funcione, primero necesitas cebarla vaciando en ella, toda el agua de esta botella. PD.: Haz el favor de rellenar la botella antes de irte.”.

El hombre abrió la botella y efectivamente tenía agua. La botella estaba casi llena de agua. Pero ahora se enfrentaba a un gran dilema: Si bebía el agua podría sobrevivir, pero si echaba el agua en la vieja bomba oxidada, quizá obtendría agua fresca del fondo del pozo, podría tener toda el agua que quisiera y podría llenar la botella para la próxima persona, pero ¿y si no funcionaba?

¿Debía perder toda el agua que tenía, esperando que aquellas instrucciones, escritas no se sabía cuándo, fueran ciertas?

Con temor, el hombre volcó toda el agua en la bomba y empezó a bombear… La bomba empezó a chirriar, pero nada ocurrió. Al cabo de unos instantes surgió un hilito de agua; después un pequeño chorro y, finalmente el agua brotó con abundancia. La vieja y oxidada bomba hizo salir mucha, pero mucha agua fresca y cristalina. El hombre llenó la botella y bebió de ella hasta saciarse. La llenó otra vez para el próximo que pasara por allí, la enroscó y agregó una pequeña nota a la etiqueta.

¡Créeme, funciona! ¡Necesitas dar toda el agua antes de poder obtenerla otra vez!”

 (relato popular  recogido por Jaume Soler & Merce Conangla en “Aplícate el cuento”)

Beber ahora la escasez o confiar en un futuro abundante pero incierto. Arriesgarte a morir de sed y dar todo lo que tienes pensando que todo lo que das te será devuelto con creces. Realmente es una decisión difícil, similar a la que se nos plantea cuando tenemos que invertir todo lo poco que tenemos en un proyecto que nos promete grandes beneficios pero con toda la incertidumbre de un futuro cambiante.

El riesgo siempre existe y la dificultad de tomar una decisión está más en lo que tienes que dejar que en lo que puedes ganar. El simbolismo en el cuento de vaciar el agua de la botella  significa todo lo que hay que abandonar al acometer un nuevo proyecto: la seguridad a corto plazo, la comodidad de lo ya conocido, el propio instinto de protegernos de los riesgos…

Posiblemente la función del coaching sea la misma de ese mensaje final: vaciarte de todos tus miedos y hacerte consciente del valor de todo lo que ya tienes para “cebar” la maquinaria de hacer realidad tus proyectos.

Relato #9 EL PESCADOR Y EL EMPRESARIO

Para saber lo que de verdad nos importa

“Érase una vez un rico empresario, muy trabajador y exitoso, que paseaba un día por el puerto cuando se encontró con un humilde pescador. El hombre, ya mayor, pescaba sentado en el embarcadero con una vieja caña de pescar. Y tenía el cubo rebosante de peces.

El empresario, asombrado por esa cantidad de pescado, se acercó a él para preguntarle:

– Perdone que le pregunte, buen hombre. Veo que se le da muy bien la pesca… Llevará muchas horas pescando, supongo…

– Pues mire usted- respondió con tranquilidad el pescador- La verdad es que nunca madrugo. Desayuno tranquilamente con mi mujer y mis hijos, y después vengo a pescar. Cuando veo que ya tengo suficiente, me vuelvo a casa a comer. Después paso la tarde con los nietos o con mis amigos.

– ¿Me está usted diciendo que en apenas un par de horas pesca todo esto? ¿Y por qué no le dedica más horas?

– ¿Y para qué quiero dedicarle más tiempo?

– Porque si le dedicara usted por lo menos ocho horas, pescaría ocho veces más.

– ¿Y para qué querría pescar más?

– Porque así podría invertir en aparejos, comprar un barco nuevo y poder ir mar adentro para pescar aún más.

– ¿Y para qué quiero un barco y pescar tanto?

– Para ampliar el negocio. Al aumentar el producto, podría comprar una flota entera de barcos y pagar a pescadores a su servicio.

– ¿Y para qué querría yo tener una flota de barcos y pescadores a mi servicio?

– ¿No lo entiende? Si llega a ese punto del negocio, podrá desentenderse del trabajo y simplemente supervisar la gestión… Tendrá más tiempo libre. Ya no tendrá que madrugar y podrá tener tiempo libre para pasar con la familia y los amigos.

El pescador le miró sin entender nada. Solo contestó:

– Pero… ¿no es eso lo que ya tengo?”

(relato popular  de origen brasileño)

¿Quién quieres ser tú, el humilde pescador o el ambicioso empresario?  No te engañes. Aunque la fábula favorece al pescador, al que se presenta como un hombre feliz y despreocupado, casi todos nos comportamos como el empresario de éxito, y éste es el tipo de persona que consideramos un triunfador. El comportamiento del pescador, que trabaja lo justo y no tiene ambición,  es visto en nuestra sociedad como un perezoso y una persona de poco fundamento.

En nuestra cultura se prima la creencia del esfuerzo y del trabajo: “hay que trabajar duro”, “siempre al pie del cañón” y “con el sudor de tu frente”. Nos sentimos culpables si no trabajamos mil horas, si no estamos todo el día atareados en nuestro puesto, ocupados en aumentar la productividad hasta que el estrés nos satura. Pero es interesante hacernos la pregunta mágica del pescador: ¿para qué? Si nos hacemos varias veces esta pregunta llegaremos al verdadero propósito de nuestras actuaciones y puede que nos sorprendamos como el pescador porque ya está en nuestra mano aquello que tanto deseamos. Si sólo quieres triunfar, trabaja duro para lograrlo hasta dejarte los cuernos, pero si buscas tu éxito interior quizás sea más sensato llegar a un equilibrio entre la frugalidad del pescador y la voracidad del empresario.

Relato #8 LOS MONOS Y LOS PLATANOS

Para los que no se cuestionan sus creencias

“Érase una vez un grupo de científicos que, para estudiar el comportamiento de los primates, encerró a cinco monos en una jaula.  En el centro de la jaula colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de plátanos.

Cuando uno de los monos subía la escalera para agarrar los plátanos los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que se quedaban en el suelo. Pasado algún tiempo, los monos aprendieron la relación entre la escalera y el agua, de modo que cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo molían a palos. Después de haberse repetido varias veces la experiencia, ningún mono se atrevía a  subir la escalera, a pesar de la tentación de los plátanos.

Entonces, los científicos sustituyeron a uno de los monos por otro nuevo. Lo primero que hizo el mono novato nada más ver los plátanos fue subir la escalera. Los otros, rápidamente, le bajaron y le pegaron antes de que saliera el agua fría sobre ellos. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo nunca más subió por la escalera.

Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo con el que entró en su lugar. El primer sustituido participó con especial entusiasmo en la paliza al nuevo. Un tercero fue cambiado, y se repitió el suceso. El cuarto, y finalmente el quinto de los monos originales fueron sustituidos hasta que todos los monos de la jaula eran nuevos.

Los científicos observaron que los cinco monos que, a pesar de no haber recibido nunca una ducha de agua fría, continuaban golpeando a aquél que intentaba llegar hasta los plátanos. Si fuera posible preguntar a alguno de ellos por qué pegaban con tanto ímpetu al que subía a por los plátanos, con certeza ésta sería la respuesta: -No lo sé. Aquí, las cosas siempre se han hecho así”

(relato popular  basado en un experimento inexistente)

Esta fábula de los monos y los plátanos, que se repite incesantemente por los blogs y libros de autoayuda como un experimento científico que en realidad nunca se llevó a cabo, al menos en estos términos, constituye, sin embargo la prueba fehaciente de su validez como metáfora . Los monos del experimento son como esos cientos de personas que han reproducido una historia falsa sin dudar ni por un solo segundo de ella.

Y, efectivamente,  el aprendizaje que extraemos de esta fábula-experimento es muy potente para entender cómo adquirimos nuestras creencias y construirnos nuestros paradigmas, muchas veces sin cuestionar el sentido y el origen de las mismas. No sé ni las veces que he llegado a oír a mis colaboradores y clientes  la frase del final del relato: “Aquí, las cosas siempre se han hecho así” cuando les preguntaba la razón de sus hábitos y comportamientos. La inercia de los hábitos y la resistencia al cambio es el gran obstáculo a la innovación y al desarrollo en la empresa y en la propia vida.

Puede que el experimento de los monos sea falso, pero de lo que estoy seguro es que si alguien osara hacer el mismo experimento con humanos, probablemente el resultado sería el mismo del cuento y pocos se atreverían a ir en contra de la mayoría y subir la escalera. Somos animales de costumbres y ¡hay que ser muy valientes para cuestionar nuestras creencias!

Relato #7 EL GRANJERO QUE SABÍA DE NUMEROS

Para los que calculan mucho y hacen poco

“Érase una vez, de entre todos los pueblos que Nasrudín visitó en sus viajes, uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudín encontró alojamiento en la casa de un granjero.

A la mañana siguiente, se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las traían de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.

– ¿No sería mejor si tuvierais agua en el pueblo?, – preguntó Nasrudín al granjero de la casa en la que se alojaba

– ¡Por supuesto que sería mucho mejor!, – dijo el granjero. – El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas tanto las horas del burro como las del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año, que al precio actual alcanzarían para comprar vaca y media.

– Veo que lo tienes todo bien calculado, – dijo Nasrudín admirado. – ¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua del río?

– ¡Eso no es bien simple!», – dijo el granjero. – En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Sólo me quedan otros treinta años más de vida, meses más, meses menos, u otros 6 y 3/4 si dejo el tabaco. Así que me es más barato enviarles por el agua.

– Sí, pero, ¿es que serías tú el único responsable de construir un canal? Sois muchas familias en el pueblo.

– Claro que sí, – dijo el granjero. – Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año.

– Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?

– Pues mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y azúcar, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después otro té con galletas y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos.

– Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te aseguro, cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar.

– Vale, – dijo Nasrudin -, pero entonces en cuatro años estaríais preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!

– Hay otro problema, – dijo el granjero. – Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá servirse del agua, tanto si ha contribuido o no  con su parte de trabajo correspondiente.

– Lo entiendo, – dijo Nasrudín. – Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal.

– Pues no, – dijo el granjero. – Cualquier avispado que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin costo alguno.

– Tengo que admitir que tienes razón, – dijo Nasrudín.

– Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, otro día el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño y el burro tendrán que ir a buscar al médico… Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrir el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así que la construcción del canal ni siquiera se empezará…

– Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes, – dijo Nasrudín

Se quedó pensativo por un momento, y de repente exclamó: – conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tenía el mismo problema que vosotros tenéis. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años.

– Efectivamente, – dijo el granjero -, pero a ellos no se les dan bien los números…”

(cuento sufí del Mullah Nasrudín recopilado por Idries Shah)

Esta historia del loco y sabio maestro de la tradición sufí, Nasrudí, nos habla de la inutilidad de exagerar el análisis ante la toma decisiones. Esta actitud provoca el llamado PARÁLISIS POR ANÁLISIS. Obviamente, no es recomendable tomar decisiones sin pensar, a lo loco, pero un exceso de anticipación de todas las posibles circunstancias que pueden acontecer ante una decisión resulta en un bloqueo absoluto. ¿Cuántas veces te has quedado dando vueltas a una idea y has perdido el tiempo y la oportunidad de poner en marcha aquel proyecto que tan bien pensado tenías? Te aseguro que yo ya he tenido esa sensación de “eso ya lo había pensado yo antes” al ver a alguien que analizó menos e hizo más. Por eso te puedo decir: no pienses tanto y actúa.

“La mejor decisión es la que se toma”

Relato #6 LA INUNDACIÓN

Para los que no se dan cuenta de las oportunidades que dejan pasar

“Érase una vez una tremenda inundación en un pueblo que anegó las casas de los vecinos hasta casi taparlas. Un hombre muy religioso  subió a la parte más alta del tejado de su casa y se puso a rezar. Siempre había sido muy piadoso y esperaba que Dios respondiera a sus plegarias..

Al rato se acercaron unos vecinos con una balsa y le invitaron a subir, pero él rechazó la invitación porque no quería abandonar su casa y pensaba que era imposible que Dios no se apiadara de él.

Unas horas más tarde llegó una lancha de la Policía. Los agentes le gritaron con un megáfono que se acercara a la lancha para que pudieran rescatarlo. Él movió de forma enérgica la cabeza a un lado y a otro y les pidió que se marcharan. La policía intentó convencerlo durante unos minutos, pero el hombre en el tejado seguía convencido de que Dios le salvaría y al final se tuvieron que ir a seguir rescatando a otros vecinos.

Al oscurecer el día, cuando el hombre estaba ya empezaba a desesperar, empapado y muerto de frío, apareció un helicóptero de salvamento que le arrojó una escala de rescate. Pero el devoto vecino no podía creer que Dios le estuviera dando la espalda después de toda una vida consagrada a la oración y a la práctica de todos sus mandamientos y, una vez más, volvió a rechazar la ayuda. “Soy un hombre de fe ¡Dios me salvará!.”

Finalmente, durante la noche, el agua subió unos metros más, el hombre fue arrastrado por la corriente y murió ahogado.

Nada más llegar al cielo, se encaró con Dios y le recriminó que le hubiera abandonado justo en el momento que más le necesitaba.

Pero, ¿de qué abandono me hablas? –le respondió Dios-. ¡Si te envié una balsa, una lancha y un helicóptero!”

(Adaptado de  la antología de relatos tradicionales “El círculo de los mentirosos” de Jean-Claude Carrière)

Este relato tradicional, que se puede encontrar tanto como chiste o como enseñanza catequista, me inspira a mí dos aprendizajes interesantes relacionados con el coaching. Lo primero es la importancia de tomar conciencia de nuestra situación y de las oportunidades que la vida nos pone por delante. Lo segundo es adquirir la responsabilidad que nos invita a actuar y no esperar soluciones milagrosas a nuestros problemas cotidianos. No podemos acusar de nuestras desgracias a los que no tienen ninguna culpa ni estar continuamente quejándonos de nuestro destino. Aunque resulte incómodo, la buena noticia es somos nosotros los que tenemos la solución. Aprovecha las ayudas que se ponen a tu alcance y hazte responsable de pasar a la acción.

Relato #5 NASRUDIN Y LAS LLAVES

Para los que buscan la felicidad en el lugar equivocado

“Érase una vez un viejo maestro sufí, el mula Nasrudín, que muy tarde por la noche se encontraba dando vueltas alrededor de una farola, mirando hacia abajo, como buscando algo.

Pasaba por allí un vecino y extrañado le preguntó:

 – ¿Qué estás haciendo Nasrudín, has perdido alguna cosa?

– Sí, estoy buscando mi llave.

El vecino se quedó con él para ayudarle a buscarla. Después de un rato, pasó una vecina.

-¿Qué estáis haciendo? – les pregunta.

– Estamos buscando la llave de Nasrudín.

Ella también quiso ayudarlos y se puso a buscar. Luego, otro vecino se unió a ellos. Juntos buscan y buscan y buscan, pero habiendo buscado durante un largo rato acaban por cansarse, hasta que un vecino pregunta:

Nasrudín, hemos buscado tu llave durante mucho tiempo, ¿estás seguro de haberla perdido en este lugar?

– No, dice Nasrudín

– ¿dónde la perdiste, pues?

– Allí, en mi casa.

– Entonces, ¿por qué la estamos buscando aquí?

– Pues porque aquí hay más luz y mi casa está muy oscura.”

(cuento sufí del libro Las hazañas del incomparable mulá Nasrudín por Idries Shah )

Nasrudín fue una figura sufí satírica, mitad sabio mitad loco,  que se cree que vivió durante la Edad Media, y que protagoniza divertidas historias que  rozan lo absurdo con un fin moralista. Se considera una especie de Don Quijote islámico porque acostumbra a ser cuerdo en su locura transmitiendo de forma humorística las enseñanzas del sufismo.

Este relato nos cuenta cómo casi siempre buscamos la felicidad fuera de nosotros mismos,  en el dinero, en el consumismo,  en el prestigio, en la pareja o en otras relaciones personales.  Pero realmente no podemos encontrar el tesoro que andamos buscando en un lugar que no existe.  Nadie nos puede dar la felicidad, la verdadera felicidad  ésta está dentro de nosotros y es ahí en donde podemos buscarla a través del autoconocimiento.

Relato #4 EL ELEFANTE Y LA ESTACA

Para los que se rinden antes de haberlo intentado

“Érase una vez un niño muy curioso, sensible e inquieto que fue al circo y se quedó maravillado al ver la actuación de un gigantesco elefante. En el transcurso de la función, el majestuoso animal hizo gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales… Durante el intermedio del espectáculo, el chaval se quedó todavía más sorprendido al ver que la enorme bestia permanecía atada a una pequeña estaca clavada en el suelo con una minúscula cadena que aprisionaba una de sus patas.

“¿Cómo puede ser que semejante elefante, capaz de arrancar un árbol de cuajo, sea preso de un insignificante pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros del suelo?”, se preguntó el niño para sus adentros. “Pudiendo liberarse con facilidad de esa cadena, ¿por qué no huye de ahí?”, siguió pensando el chaval en su fuero interno.

Finalmente, compartió sus pensamientos con su padre, a quién le preguntó: “¿Papá, por qué el elefante no se escapa?” Y el padre, sin darle demasiada importancia, le respondió: “Pues porque está amaestrado.” Aquella respuesta no fue suficiente para el niño. “Y entonces, por qué lo encadenan?”, insistió. El padre se encogió de hombros y, sin saber qué contestarle, le dijo: “Ni idea”. Seguidamente, le pidió a su hijo que le esperara sentado, que iba un momento al baño.

Nada más irse el padre, un anciano muy sabio que estaba junto a ellos, y que había escuchado toda su conversación, respondió al chaval su pregunta: “El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a esa misma estaca desde que era muy, muy, muy pequeño.” Seguidamente, el niño cerró los ojos y se imaginó al indefenso elefantito recién nacido sujeto a la estaca.

Mientras, el abuelo continuó con su explicación: “Estoy seguro de que el pequeño elefante intentó con todas sus fuerzas liberar su pierna de aquella cadena. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, no lo consiguió porque aquella estaca era demasiado dura y resistente para él.” Las palabras del anciano provocaron que el niño se imaginara al elefante durmiéndose cada noche de agotamiento y extenuación.

“Después de que el elefante intentará un día tras otro liberarse de aquella cadena sin conseguirlo”, continuó el anciano”, llegó un momento terrible en su historia: el día que se resignó a su destino.” Finalmente, el sabio miró al niño a los ojos y concluyó: “Ese enorme y poderoso elefante que tienes delante de ti no escapa porque cree que no puede. Todavía tiene grabado en su memoria la impotencia que sintió después de nacer. Y lo peor de todo es que no ha vuelto a cuestionar ese recuerdo. Jamás ha vuelto a poner a prueba su fuerza. Está tan resignado y se siente tan impotente que ya ni se lo plantea.”

(“El elefante encadenado” de Jorge Bucay )

Este cuento filosófico tradicional adaptado por Jorge Bucay nos habla de nuestras creencias limitantes y de cómo, muchas veces, no somos conscientes de nuestra propia fuerza para liberarnos de nuestras ataduras inconscientes. Al igual que el elefante adulto, estamos tan condicionados por las experiencias pasadas, por los “no puedo”, o los anteriores intentos fracasados que nos creemos que seguimos prisioneros de nuestras limitaciones, cuando estas limitaciones son sólo barreras que debemos superar con un poco más de esfuerzo.

¡Quién no se ha sentido nunca como ese gran elefante, sujeto con una ridícula cadenita a la estaca! Es muy fácil ver la ligereza de las cadenas de los demás, sin embargo, nuestras propias cadenas o limitaciones nos parecen hechas de gigantescos eslabones de acero indestructible. Piensa en la fortaleza y en las capacidades del elefante y no en la cadena que le ata. Sé consciente de tu propia fuerza y libérate de tus viejas creencias bloqueantes.

Relato #3 LOS BROTES DE BAMBÚ

Para tener paciencia y no desesperar esperando tu momento de crecimiento

“Érase una vez, hace mucho tiempo, dos agricultores que iban paseando por un mercado cuando se pararon ante el puesto de un vendedor de semillas, sorprendidos por unas semillas que nunca habían visto.«Son semillas de bambú.» Dijo el mercader.  «Son unas semillas muy especiales que vienen del Japón. Sólo necesitan agua y abono».

Los agricultores, movidos por la curiosidad, compraron varias semillas de esa extraña planta llamada bambú y, tras volver a sus tierras, los agricultores plantaron esas semillas y empezaron a regarlas y a abonarlas, tal y como les había dicho el mercader.

Pasado un tiempo, las plantas no germinaban mientras que el resto de los cultivos seguían creciendo y dando frutos y uno de los agricultores le dijo al otro: «Aquél viejo mercader nos engañó con las semillas. De estas semillas jamás saldrá nada». Y decidió dejar de regar y abonarlas.

El otro decidió seguir cultivando las semillas y continuó regándolas y abonándolas regularmente. Pero seguía pasando el tiempo y las semillas no germinaban.

Hasta que un buen día, después de 7 años de cuidados sin ningún resultado, cuando el agricultor estaba a punto de dejar de cultivarlas, se sorprendió al encontrarse con que asomaban unos brotes y el bambú había empezado a crecer con gran rapidez. En tan solo 6 semanas las plantas alcanzaron una altura de casi 30 metros.

¿Cómo era posible que el bambú hubiese tardado 7 años en germinar y en sólo seis semanas hubiese alcanzado tal tamaño? Durante esos 7 años de aparente inactividad, el bambú estaba desarrollando y fortaleciendo un complejo sistemas de rizomas que le permitirían sostener el veloz crecimiento que iba a tener después la planta.

El cultivador inexperto que pensó que la semilla no era fértil, y dejó de regarla y cuidarla, solo consiguió que  el bambú muriera y el terreno permaneciera yermo. El agricultor paciente logró una gran cosecha que durante muchos años le permitió conseguir una buena rentabilidad a sus tierras y vivir holgadamente.”

 (cuento zen)

Como biólogo, el bambú me parece una planta realmente especial. Es la única herbácea leñosa del mundo y tiene grandes capacidades de absorber CO2 por lo que se considera un material sostenible, además de tener unas características de dureza y flexibilidad únicas. Es cierto que desarrolla un gran crecimiento vegetativo bajo el suelo en forma de rizomas, lo cual le puede llevar varios años, antes de sacar los brotes aéreos y luego su velocidad de crecimiento vertical es espectacular, con un record de más de 1 m. al día en algunas especies, En el siguiente enlace de video se puede ver acelerado en “time lapse” cómo de rápido crece el brote de bambú. https://youtu.be/-aARFhjJ7EA

Como emprendedor, el ejemplo del bambú nos puede inspirar y animarnos a no desesperar cuando los resultados no son todo lo rápido que deseabas. La impaciencia nos hará abandonar antes de tiempo y la perseverancia se convierte una virtud fundamental para cualquier proyecto emprendedor.  

“Si no consigues lo que anhelas, no desesperes….Quizás sólo estés echando raíces.”

Relato #2 EMPUJA LA VACA

Para aquellos emprendedores con miedo a perder su supuesta seguridad actual.

“Érase una vez, un sabio que recorría con su discípulo unas tierras casi despobladas y  al sentirse cansados  decidieron acercarse a  la única choza que vieron habitada. En aquella choza vivía una familia muy pobre, compuesta por los padres, unos hijos famélicos y una vaca tan flaca que casi en vez de dar leche daba pena.  

El sabio le preguntó al padre de la familia: “En este lugar no hay nada ¿de qué viven? El padre respondió: “Tenemos una vaca que nos da leche todos los días. Y ella cubre todas nuestras necesidades. Con una parte hacemos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo y una pequeña parte la vendemos o la cambiamos por otras cosas.”

Aquella familia compartió con el sabio y su discípulo lo poco que tenía y el  sabio agradeció su hospitalidad, y se despidió al anochecer de la familia. El discípulo le preguntó a su maestro, “¿cómo podremos corresponder la generosidad de esta pobre familia?” y el sabio le contestó: “Vuelve, ahora que están dormidos, coge la vaca y empújala por aquel barranco”. El discípulo le contestó espantado: “¿Pero cómo voy a hacer yo eso? Esa vaca es lo único que tienen para sobrevivir.”. Pero el maestro, con mucha calma le insistió: “Vuelve, coge la vaca y empújala por aquel barranco”. El discípulo, triste y compungido, obedeció, sin entender la actitud de su maestro.

Aquella noche le dejó marcado al joven durante algunos años,  con un terrible sentimiento de culpa por lo que había hecho, así que  al cabo de varios años, cuando pudo regresar a esas tierras,  decidió pedir perdón a aquella familia que tan bien les había tratado y a la que tanto mal había hecho.

Sin embargo, cuando llegó a aquel paraje, no reconoció la pobre choza que recordaba y en su  lugar había una casa nueva, con un jardín precioso, con un huerto bien surtido  y muchos animales por todas partes. En un primer momento pensó que aquella familia tan humilde no habría sobrevivido sin la vaca, pero pronto se dio cuenta que aquellos niños que jugaban en el jardín eran los mismos que él había conocido tiempo atrás. Entró en la casa y vio que allí estaban el padre y la madre de la familia, muy felices, y les preguntó: “Hace un tiempo vine y no tenían nada, ¿Cómo han hecho para prosperar de esta manera?”

Y el padre contestó: “Pues mire, antes teníamos una vaca con la que sobrevivíamos,  pero un buen día la vaca desapareció y tuvimos que aprender a hacer otras cosas que ni siquiera sabíamos que podíamos. Nos dimos cuenta que nuestra tierra era fértil para plantar verduras y con las verduras compramos más semillas y algo de ganado, y con los excedentes fuimos ganando dinero que invertimos en una nueva casa en la que alojamos a los caminantes y pudimos ahorrar para tener una vida holgada para nuestros hijos. Nos habíamos conformado con lo que nos daba esa vaca y cuando ya no la tuvimos, pudimos crecer”

(Anónimo)

A mí este relato siempre me ha recordado las historias de los “segundones”, esos hijos más pequeños de las familias rurales vascas, que por las tradiciones del mayorazgo, veían como todo el patrimonio del caserío quedaba en manos del primogénito y ellos se veían en la obligación de emigrar o pasarse como “mantenidos” en casa de sus hermanos toda su vida. Muchos de aquellos emigrantes volvían de su periplo ricos y hacendados o por lo menos habiendo disfrutado de una vida de aventura y pasión, posiblemente más enriquecedora que la del dueño del caserío que se había quedado estancado en el punto inicial, amarrado a su “vaca” particular.

¿Te has parado a pensar cuál es tu vaca? Cuál es esa fuente de ingresos que te mantiene esclavo de tus propios miedos. De tu miedo a perder, de tu miedo al fracaso, de tu miedo al cambio. Somos humanos, y en nuestra biología está el instinto de supervivencia que nos hace bloquearnos ante lo desconocido. Y lo dice uno que ha estado mucho tiempo aferrado a su “vaca flaca” y aún le cuesta soltarla del todo.

No recomiendo tampoco a nadie tirar la vaca al barranco de repente, en un pronto de locura emprendedora. Pero sí ser consciente  de todas las posibilidades que nuestra “vaca” propia nos tapa y no nos deja ver más allá. El miedo al cambio es grande, pero es mejor arrepentirse de haber hecho algo que de no haberlo intentado.

Relato #1 EL CAPULLO DE MARIPOSA

A finales del año pandémico de 2020 publiqué una serie de relatos relacionados con el coaching. Relatos, que hoy en día, siguen teniendo vigencia.

El poder de los relatos, de las pequeñas historias para aprender cómo encarar las situaciones y las emociones que nos rodean sigue siendo igualmente potente para los adultos y más tras esa pandemia que dio la vuelta a nuestra vida como un calcetín. Por eso quiero reeditar esta selección de los mejores relatos de coaching que me han acompañado en los momentos más conscientes de mi crecimiento y desarrollo personal. Espero que estos relatos te ayuden a elevar el ánimo y encarar el futuro con más energía.

Relato #1 EL CAPULLO DE MARIPOSA

Para entender que el coaching va más allá de querer ayudar

“Érase una vez un niño que paseaba por el campo, observando con curiosidad todo a su alrededor como hacen todos los niños. A un lado del camino observó cómo, de una rama colgaba un capullo de mariposa y en su interior  se adivinaba un  pequeño animalito que intentaba abrirse paso a través de aquella masa de fibras blancas entrelazadas que formaban  el blanquecino capullo. Estuvo largo rato contemplando cómo el bichito iba intentando abrir un orificio entre las hebras pero no conseguía abrir la más mínima grieta. Y mientras el capullo se balanceaba y se deformaba por el esfuerzo de la mariposa que se vislumbraba peleando en su interior, al niño le dio mucha pena y decidió ir a buscar un  palito para ayudar a la pequeña mariposa.

Armado de un palito de madera y sus pequeñas manos, el niño fue soltando la capa fibrosa del capullo poco a poco. Hizo primero un minúsculo a agujero y lo fue ampliando delicadamente  hasta que La mariposa, así, puedo encontrar un hueco suficiente para salir.  Pero al liberarse, la mariposa cayó bruscamente al suelo y allí mismo, delante del niño, la mariposa arrastrando lastimosamente su cuerpo débil y sus alas arrugadas, finalmente  murió.

Aquel niño, cargado de buenas intenciones, con voluntad de ayudar y evitar el sufrimiento a la mariposa, no comprendió que el esfuerzo de aquel insecto para abrirse camino a través del capullo era absolutamente vital y necesario, pues esa era, precisamente, la manera que la naturaleza había dispuesto para que las alas cogieran fuerza, y estuviera lista para volar una vez hubiera salido al exterior.”

(Adaptado de Jorge Bucay)

Cuando vemos a alguien crecer, sufrir o hacer algo que le cuesta, nuestra tendencia “samaritana” nos lleva a quererle ayudar y acortar su periodo de crisis. Así sobreprotegemos muchas veces a los hijos, a la pareja,  a los amigos, a los trabajadores a nuestro cargo, y no los dejamos crecer a su ritmo. Y al presionarles les hacemos más débiles y sin fuerzas para ser autónomos, completos y maduros. El coaching propone respetar los ritmos de aprendizaje interno del cliente y dejar que la fortaleza de cada uno aflore desde dentro. Aceptar que cada persona es capaz de superar sus obstáculos es la mejor forma de ayudarle.