Relato #20 LA ISLA DE PASCUA

Para los que aún piensan que la naturaleza es inagotable

“Érase una vez una isla ubicada en medio del Océano Pacífico, alejada a más de 2.000 kilómetros de cualquier otro lugar. Hoy la conocemos como La Isla de Pascua, pero sus habitantes la llaman Rapa Nui. Los primeros polinesios se encontraron con una frondosa vegetación y una abundante fauna. Prácticamente toda la isla estaba cubierta de bosque y era una de las mayores colonias de aves marinas de la zona. Sin embargo, también era muy ventosa, bastante fría y poco lluviosa. Sin aquel bosque, la biosfera de la isla quedaba desprotegida.

Pero esto es algo que los pascuenses no sabían. A medida que la población aumentaba, cazaban y pescaban más, cogían más frutos de los árboles y talaban el bosque más rápido, empleando cada vez más cantidad de su principal fuente de energía: la madera. Con el paso de los años, la población terminó por aislarse completamente del resto del mundo. Sólo existían ellos y el océano que los rodeaba. Construían estatuas para dar gracias a los dioses por la fertilidad de la tierra y por ser los elegidos para vivir en «el ombligo del mundo», que es lo que significaba el nombre autóctono y original de la isla: «Te pito o te henua», en el idioma indígena de los Rapa Nui.

A lo largo del siglo XVII, la población pascuense creció desmesuradamente, alcanzando «el pico de su civilización». Es decir, el momento en que su modelo de crecimiento no pudo seguir avanzando y comenzó a declinar. A partir de entonces, los recursos naturales empezaron a escasear. La sobreexplotación acabó con la caza. Y cada vez había menos pesca. La tala del bosque hizo la tierra más árida y las cosechas más pobres. Con la escasez de árboles, se terminó la madera. Así es como sus habitantes dejaron de disponer de abono, herramientas, canoas y cuerdas. Incluso empezaron a tener dificultad para hacer un buen fuego.

En su lucha por la supervivencia, las tribus de la isla comenzaron a pelear entre ellas para obtener la energía que necesitaban para alimentarse y guarecerse del frío. Al principio lo hacían pacíficamente, intentando reconquistar el favor de los dioses para que la tierra recuperara su antigua fertilidad. Competían por ver qué tribu construía la estatua de piedra más alta. Estos «moais» representaban a sus respectivos dioses por medio de monolitos con grandes cabezas. Y todas ellas dirigían la mirada hacia el interior de la isla. Irónicamente, construir y erigir estas estatuas consumía enormes cantidades de madera, aceleraba la deforestación y producía el efecto contrario al deseado: extender la aridez de la tierra.

El colapso de esta civilización llegó en forma de lucha armada entre sus tribus. Se destruyeron y mataron unas a otras para obtener los escasos recursos existentes. Incluso llegaron a practicar el canibalismo. De los 30.000 habitantes que llegaron a vivir en la Isla de Pascua, a principios del siglo XVIII sólo quedaban 3.000. Cuando los navegantes europeos descubrieron Rapa Nui, en 1722, les inquietó ver toda la tierra cubierta de moais derribados y puntas de flecha desparramadas por todas partes. Y más tarde, se sorprendieron al ver con sus propios ojos como los habitantes supervivientes seguían luchando unos contra otros de forma salvaje y encarnizada. Curiosamente, al entrar en contacto con los primeros europeos, los desnutridos pascuenses solo les pedían una cosa: madera.”

(historia  real extraída del libro “Qué harías si no tuvieras miedo” de Borja Vilaseca)

La historia de la Isla de Pascua es la metáfora del ECOCIDIO, el suicidio ecológico de la humanidad. Es la representación a pequeña escala de lo que está pasando con el planeta, con la sobreexplotación de recursos y las luchas fratricidas por el control de esos recursos. Parece que no aprendemos nunca. El ejemplo de los habitantes de Rapa Nui, prepotentes y arrogantes ante la escasez de madera, puede extrapolarse a todas las materias básicas para la sociedad, desde los combustibles fósiles y los minerales, hasta el agua,  o el aire que respiramos. Todos estos bienes son finitos y su consumo excesivo con un criterio puramente económico provocará, tarde o temprano, el colapso de nuestra civilización, al igual que la pascuense.

Hoy, nuestros “moais” puede ser las estatuas de nuestros líderes políticos, incapaces de llegar a acuerdos medioambientales, los intereses de las grandes corporaciones económicas y nuestras propias figuras como ciudadanos corrientes, mirándonos el ombligo y acomodados en nuestro bienestar material. ¿Cuántos “moais” tenemos que ver derribados hasta darnos cuenta  en nuestras empresas de la incongruencia de un crecimiento insostenible?

Relato #19 ZANAHORIAS, HUEVOS Y CAFÉ

Para los que no saben cómo actuar ante la adversidad

“Érase una vez una hija que se quejaba a su padre acerca de su vida y cómo las cosas le salían tan mal. No sabía cómo hacer para seguir adelante y pensaba en darse por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Su padre, que era cocinero, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las puso sobre el fuego y esperó hasta que el agua empezó a hervir. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó unos granos de café. Las dejó hervir sin decir nada más, mientras su hija le miraba extrañada por su mutismo.

A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un recipiente. Sacó los huevos y los colocó en otro. Por último coló el café y lo sirvió en un tercer recipiente.

Mirando a su hija le dijo: “Querida, ¿qué ves?”. “Zanahorias, huevos y café”, fue su respuesta. La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma. La hija le preguntó con cara de asombro: -¿Qué significa esto, padre?.

Él le explicó que los tres elementos se habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente. La zanahoria llegó al agua siendo fuerte y dura. Pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua siendo frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café sin embargo eran especiales. Después de estar en agua hirviendo, habían convertido el agua en una aromática infusión.

– ¿Cual eres tú?, le preguntó a su hija. – Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes? ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?”

(“cuentos para pensar” de Jorge Bucay)

Como dice el relato, lo importante no es lo que te pasa, sino qué es lo que haces con lo que te pasa. La realidad es neutra. Somos nosotros, con nuestras actitudes e interpretaciones, los que juzgamos como buena o mala una situación, y dependiendo de cómo somos y cómo estamos, esa realidad nos afecta de una manera u otra. A veces, como la zanahoria nos volvemos blandos y nos acobardamos, otras veces, como el huevo nos endurecemos y reaccionamos con dureza y con rudeza ante esa misma situación y otras veces, las menos, actuamos con resiliencia y aprovechamos las adversidades para cambiar y dar una mejor versión de uno mismo.

La buena noticia es que, al contrario de las zanahorias, los huevos y el café, nosotros no somos esclavos de nuestra naturaleza. Tenemos la libertad de elegir cómo nos afecta y nos transforman nuestras circunstancias. Esta es la gran potencia de una herramienta como el coaching, hacer conscientes a las personas de que somos responsables de cómo nos afecta la realidad y en cierto modo podemos así transformarla. Somos protagonistas y no simples víctimas de nuestras vidas.

Relato #18 EL CUBERO Y EL TUBERO

Para repensar nuestro modelo de negocio a base de esfuerzo personal

“Érase una vez un pequeño pueblo con un gran problema: sus habitantes no disponían de agua a menos que lloviera. Para resolver ese problema de una vez por todas, los ancianos de la aldea decidieron contratar a algún profesional para suministrar agua a la aldea de manera diaria. Dos personas se ofrecieron para llevar a cabo la tarea y los ancianos otorgaron el contrato a ambos. Consideraron que un poco de competencia mantendría los precios bajos y aseguraría el suministro de agua.

El primero de los dos ganadores del contrato se presentó como “cubero”, y enseguida se vio que era un empleado muy trabajador. Salió inmediatamente, regresó con dos cubos de acero galvanizado y comenzó a correr de ida y de regreso a lo largo del camino al lago que se encontraba a un km de distancia. Juan comenzó a ganar dinero inmediatamente al trabajar desde la mañana hasta la noche acarreando agua del lago en sus dos cubos. Las vaciaba en un gran tanque que la aldea había construido.

Cada mañana tenía que levantarse antes que los demás habitantes para asegurarse de que habría suficiente agua cuando ellos se levantaran. Era un trabajo duro, pero él estaba muy contento porque estaba ganando dinero y porque tenía uno de los dos contratos exclusivos para este negocio.

El segundo ganador del contrato, que se presentó como “el tubero” resulto ser un emprendedor con ideas creativas e innovadoras. Tras firmar el contrato, desapareció durante algún tiempo. No se le vio durante varios meses, lo que hizo muy feliz al cubero dado que no tenía competencia y estaba ganando todo el dinero.

En vez de comprar dos cubos para competir con el cubero, el tubero definió un plan de negocios, creó un equipo, y regresó seis meses después con un grupo de trabajadores de la construcción. Al cabo de un año su equipo había construido una tubería de acero inoxidable de gran volumen que conectaba a la aldea con el lago.

Durante la gran ceremonia de inauguración, el constructor de tuberías anunció que su agua era más limpia que la del cubero y anunció también que podía suministrar agua a la aldea 24 horas al día, siete días a la semana. Su competidor sólo podía suministrar agua en días laborales ya que no trabajaba los fines de semana. Enseguida, anunció que cobraría menos por este suministro de agua y de mejor calidad. Los habitantes de la aldea lo tuvieron claro y empezaron a comprar el agua de la tubería del emprendedor, dejando de usar los servicios del cubero.

Con el fin de competir, éste bajó su precio inmediatamente, consiguió otros dos cubos y comenzó inmediatamente a acarrear cuatro en cada viaje. Para proporcionar mejor servicio, contrató a sus dos hijos para que le ayudaran en el turno de la noche y durante los fines de semana. Cuando sus hijos se marcharon a la universidad, él les dijo que se apuraran a volver porque algún día ese negocio les pertenecería. Pero sus hijos no regresaron después de la universidad y se buscaron otros trabajos más rentables. El cubero se sentía demasiado cansado, cargando cuatro cubos de agua 12 horas al día y sin descanso semanal. Intentó contratar empleados pero nadie  quería acarrear más de un cubo a la vez y los sindicatos se le echaban encima..

Por su parte, el tubero emprendedor se dio cuenta de que si esa aldea necesitaba agua, entonces otras aldeas también debían necesitarla. Y se dispuso a ofrecer su sistema de agua limpia a otros pueblos que no contaban con un suministro de agua permanente y lo vendió a más de 50 aldeas. Llegó un día en que cada vez ganaba más dinero sin apenas trabajar y hasta el final de sus días tuvo una vida tranquila rodeado de su familia y sus amigos.

En cambio el cubero terminó encontrando un pueblo que decidió contratar solamente sus servicios, trabajó muy duro por el resto de su vida y nunca llegó a resolver sus problemas financieros.” 

(parábola contada por Robert Kiyosaki, autor del libro “Padre Rico, Padre Pobre. También  adaptada en el libro “La parábola del acueducto” de Burge Hedges)

Al leer este relato todos nos preguntamos: ¿Estamos acarreando cubos o construyendo tuberías?

Valoramos mucho el  carácter trabajador y el esfuerzo de las personas, pero el relato nos habla de que esa exaltación del trabajo duro está quizás sobrevalorada. Kiyosaki nos hace ver en esta historia, que el poder de la creatividad y de la innovación,  de una buena planificación y la potencia del equipo puede superar con crecer el esfuerzo y sudor individual.

Por supuesto que existen riesgos si nos diferenciamos  al querer hacer las cosas de forma distinta.  Claro que nos acusarán de indolentes si dejamos de trabajar en lo de siempre y nos dedicamos a pensar y diseñar nuevos modelos de negocio. Siempre da miedo abandonar lo conocido para entregarnos a un futuro incierto. En esos momentos piensa en la imagen del tubero y el cubero al final del cuento y dime ¿cómo quién quieres acabar?

Relato #17 EL VALOR DEL ANILLO

Para los que aún no se valoran

“Érase una vez un joven discípulo que fue a visitar su anciano profesor. Y entre lágrimas, le confesó: “He venido a verte porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas ni para levantarme por las mañanas. Todo el mundo dice que no sirvo para nada. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?”

El profesor, sin mirarlo a la cara, le respondió: “Lo siento, chaval, pero ahora no puedo atenderte. Primero debo resolver un problema que llevo días posponiendo. Si tú me ayudas, tal vez luego yo pueda ayudarte a ti”.

El joven asintió con la cabeza. “Por supuesto, dime qué puedo hacer por ti”. El anciano se sacó un anillo que llevaba puesto y se lo entregó. “Estoy en deuda con una persona y no tengo suficiente dinero para pagarle”, le explicó. “Ahora ve al mercado y véndelo. Eso sí, no lo entregues por menos de una moneda de oro”.

Una vez en la plaza mayor, el chaval empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Pero al pedir una moneda de oro por él, algunos se reían y otros se alejaban sin mirarlo. Derrotado, el chaval regresó a casa del anciano: “Lo siento, pero es imposible conseguir lo que me has pedido. Como mucho me daban dos monedas de bronce.”

El profesor, sonriente, le contestó: “No te preocupes. Me acabas de dar una idea. Antes de ponerle un nuevo precio, necesitamos saber el valor real del anillo. Ve al joyero y pregúntale cuánto cuesta. Y no importa cuánto te ofrezca. No lo vendas.”

Tras un par de minutos examinando el anillo, el joyero le dijo que era “una pieza única” y que se lo compraba por “50 monedas de oro”.

El joven corrió emocionado a casa del anciano. “Estupendo, ahora siéntate un momento y escucha con atención”, le pidió el profesor. “Tú eres como este anillo, una joya preciosa que solo puede ser valorada por un especialista. ¿Pensabas que cualquiera podía descubrir su verdadero valor?” “Todos somos como esta joya: valiosos y únicos. Y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que personas inexpertas nos digan cual es nuestro auténtico valor.” 

(extraído del libro “26 cuentos para pensar”, de Jorge Bucay.)

Me toca la fibra este relato. He sentido muchas veces la sensación del joven discípulo y lo he visto también en la mayoría de mis clientes. Ese sentimiento de que no vales, no puedes o no eres lo suficientemente bueno para conseguir lo que quieres. Es el llamado “síndrome del impostor” que te hace ver a los demás siempre mejores y más capaces que tú mismo, e infravalorar tus cualidades para alcanzar el éxito.

El símil de la joya resulta muy gráfico. Su valor parece que depende del que observa, pero en realidad el valor de cada uno es incalculable porque no sólo cuenta lo que eres sino lo que puedes llegar a ser, de la misma manera que una bellota encierra el potencial de un majestuoso roble. Un buen coach es como ese joyero especialista que es capaz de ver el verdadero valor de su cliente, aunque lo importante es que cada uno se haga consciente de su propia valía.

Relato #16 LA VIDA ES COMO EL MONOPOLY

Para tomar conciencia de lo efímero del tener

“Érase una un anciano empresario que regaló a su nieto el juego del Monopoly por su decimoctavo aniversario. Era verano y el joven disfrutaba de sus vacaciones antes de comenzar la carrera de económicas. El chico era ambicioso. Quería superar la fortuna acumulada por su abuelo. Por la tardes, los dos se sentaban junto al tablero y pasaban horas jugando. A pesar de la frustración de su nieto, el empresario seguía ganándole todas las partidas, pues conocía perfectamente las leyes que regían aquel juego.

Un mañana, el joven por fin comprendió que el Monopoly consistía en arruinar al contrincante y quedarse con todo. Y hacia final del verano, ganó finalmente su primera partida. Tras quedarse con la última posesión de su mentor, se enorgulleció de ver al anciano derrotado. “Soy mejor que tú, abuelo. Ya no tienes nada qué enseñarme”, farfulló, acunando en sus brazos el botín acumulado.

Sonriente, el empresario le contestó: “Te felicito, has ganado la partida. Pero ahora devuelve todo lo que tienes en tus manos a la caja. Todos esos billetes, casas y hoteles. Todos los ferrocarriles y compañías de servicios públicos. Todas esas propiedades y todo ese dinero… Ahora todo lo que has ganado vuelve a la caja del Monopoly.” Al escuchar sus palabras, el joven perdió la compostura.

Y el abuelo, con un tono cariñoso, añadió: “Nada de esto fue realmente tuyo. Tan sólo te emocionaste por un rato. Todas estas fichas estaban aquí mucho antes de que te sentaras a jugar, y seguirán ahí después de que te hayas ido. El juego de la vida es exactamente el mismo. Los jugadores vienen y se van. Interactúan en el mismo tablero en el que lo hacemos tú y yo. Pero recuerda: tu dinero, tu casa, tu coche, tu televisión… Nada de eso te pertenece. Todo lo que tienes. Todo lo que posees. Y todo lo que acumules. Tarde o temprano, todo lo que crees que es tuyo irá a parar nuevamente a la caja. Y te quedarás sin nada.”

El joven escuchaba cada vez con más atención. Y al captar su interés, el anciano empresario compartió con él una última lección: “Te voy a decir lo que me hubiera gustado que alguien me hubiera dicho cuando tenía tu edad. Piénsalo con detenimiento. ¿Qué pasará cuando consigas el ascenso profesional definitivo? ¿Cuándo hayas comprado todo lo que deseas? ¿Cuándo tengas suficiente seguridad financiera? ¿Cuándo hayas subido la escalera del éxito hasta el peldaño más alto que puedas alcanzar? ¿Qué pasará cuando la excitación desaparezca? Y créeme, desaparecerá. ¿Entonces qué? ¿Cuantos pasos tienes que caminar por esta senda antes de que veas a dónde conduce? Nada de lo que tengas va a ser nunca suficiente. Así que hazte a ti mismo una sola pregunta: ¿Qué es lo verdaderamente importante en la vida?” 

(cuento extraído del documental Zeitgeist Moving Forward, de Peter Josephen en el libro “Qué harías si no tuvieras miedo” de Borja Vilaseca)

Cada vez que jugaba con mis hijas al Monopoly me acordaba de  este cuento, de todo lo que me gusta ganar y lo poco que te dura el dinero,  las casas y hoteles en las manos cuando los dados te son esquivos.

Y todavía, cuando me da por agobiarme porque no tengo demasiados clientes, ni suficientes ingresos, ni tantas propiedades como otros, ni todos los ahorros que me gustaría poseer, pienso en la gran verdad del Monopoly: “al final todo vuelve a la caja”. Y no puedo dejar de pensar en esa otra caja, la de madera de pino o de caoba, en la que acabaremos sepultados o incinerados de manera inexorable, como mucho, si hemos ganado mucho dinero, siendo “el más rico de cementerio”.  Tomar nota de que estamos de paso, que la vida es un juego efímero, nos hace dar valor a lo verdaderamente importante, que además normalmente es gratis: reir, jugar, pasear, amar, compartir o estar con los tuyos. Quizás, si la vida es un juego, no nos la tenemos que tomar tan en serio. Como dijo John Lenon: “La vida es lo que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

Relato #15 EL RATÓN OPTIMISTA

Para los que aún dudan del poder del optimismo

“Érase una vez dos ratoncitos, uno optimista y otro pesimista, que buscando comida entraron en una lechería. Ambos, atraídos por el olor a queso, rebuscaron entre todos los recipientes, resbalaron y cayeron al mismo tiempo en dos vasijas que contenían leche. Eran unas vasijas de paredes lisas y muy profundas y no había manera de trepar.

 El ratoncito pesimista gritó: -No puedo salir de este cacharro, porque las paredes son muy resbaladizas. No puedo respirar en la leche, voy a asfixiarme, estoy perdido. Y, en efecto, a los pocos minutos se asfixió y se hundió muerto en la leche.

El ratoncito optimista tampoco sabía qué hacer; pero como era optimista trató de hacer algo y comenzó a agitarse en todos sentidos y al revolcarse como loco pronto vio que la leche empezaba a cuajarse. Con una gran decisión se agito más y más, hasta que toda la leche, se convirtió en crema, luego en mantequilla y finalmente en queso.

Comió un poco de queso, luego puso sus patitas sobre el mismo y saltó fuera del recipiente. Y así, el ratón optimista se salvó.” 

(relato anónimo popular)

Una prueba más de que quejarnos  y quedarnos parados no nos conduce a nada. Los que van por la vida viendo la botella medio vacía y que se repiten “yo soy realista, las cosas son así”, alimentan su victimismo, pretendiendo dar pena y la compasión de otras personas y consiguiendo únicamente justificar su inmovilismo.  

Uno de los mensajes que a mí me calaron de mi formación como coach es que “coaching es acción”. De nada sirve tomar conciencia de nuestra situación y un análisis minucioso del origen y causa de nuestros pesares si no actuamos para superarlos. El coaching trabaja hacia el futuro, no sólo para entender y reconciliarse con el pasado, sino con el enfoque puesto en el plan de acción. Y aunque no tengas un plan perfecto, haz como el ratón optimista y ¡muévete! Posiblemente no veas directamente convertir tus problemas en escalones para salir del hoyo, pero seguro que ves alguna solución que antes, mientras permanecías quieto y hundiéndote, no alcanzabas a ver.

Relato #14 LOS MINEROS

Para confiar en nuestra propia capacidad de salir adelante

“Érase una vez seis mineros que trabajaban en un túnel muy profundo extrayendo minerales desde las entrañas de la tierra.

Un día, de repente, un derrumbe los dejo aislados del exterior sellando la salida del túnel. En silencio, cada uno miró a los demás. De un vistazo calcularon su situación. Con su experiencia, se dieron cuenta rápidamente de que el problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien les quedaban unas tres horas de aire, cuando mucho tres horas y media.

Mucha gente de afuera sabría que ellos estaban allí atrapados, pero un derrumbe como este significaría horadar otra vez la mina para llegar a buscarlos. ¿Podrían hacerlo antes de que se terminara el aire?

Los expertos mineros decidieron que debían ahorrar todo el oxígeno que pudieran. Acordaron hacer el menor desgaste físico posible, apagaron las lámparas que llevaban y se tendieron todos en el piso.

Enmudecidos por la situación e inmóviles en la oscuridad era difícil calcular el paso del tiempo. Casualmente solo uno de ellos tenía reloj. Hacia él iban todas las preguntas: ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Cuánto falta? ¿Y ahora?

El tiempo se estiraba, cada par de minutos parecía una hora y la desesperación ante cada respuesta agravaba aún más la tensión. El jefe de los mineros se dio cuenta de que si seguían así la ansiedad los haría respirar más rápidamente y eso los podía matar. Así que ordenó al que tenía el reloj que solamente él controlara el paso del tiempo. Nadie haría más preguntas, él avisaría a todos cada media hora.

Cumpliendo la orden, el del reloj controlaba el tiempo. Y cuando la primera media hora paso. Él dijo: “ha pasado media hora”. Hubo un murmullo entre ellos y una angustia que se sentía en el aire.

El hombre del reloj se dio cuenta de que a medida que pasaba el tiempo, iba a ser cada vez más terrible comunicarles que el minuto final se acercaba. Sin consultar a nadie decidió que ellos no merecían morirse sufriendo. Así que la próxima vez que les informó de la media hora, habían pasado en realidad 45 minutos.

No había ninguna manera de notar la diferencia así que nadie siquiera desconfió. Apoyado en el éxito del engaño la tercera información la dio casi una hora después. Dijo “paso otra media hora”… y los cinco creyeron que habían pasado encerrados, en total, una hora y media y todos pensaron en cuán largo se les hacía el tiempo.

Así siguió el del reloj, a cada hora completa les informaba que había pasado media hora.

La cuadrilla del exterior apuraba las tareas de rescate, sabían en que cámara estaban atrapados, y que sería difícil poder llegar antes de cuatro horas.

 Llegaron a las cuatro horas y media.

Lo más probable era encontrar a los seis mineros muertos. Encontraron vivos a cinco de ellos. Solamente uno había muerto de asfixia…el que tenía el reloj.”

 (relato de Jorge Bucay)

Las creencias y  condicionamientos de los mineros son capaces de marcar la diferencia entre sobrevivir y morir. Sin llegar a estos extremos, tiene mucho sentido pensar  que si confiamos en que se puede seguir adelante, nuestras posibilidades se multiplicarán.

Nuestra mente se retroalimenta de nuestros pensamientos. Si éstos son negativos, la ansiedad provocará un círculo vicioso que nos cargará más de negatividad. Cuando son positivos, se convierten en el motor de un círculo virtuoso que nos hará poder alcanzar cotas extraordinarias. Los pesimistas siempre argumentan en favor de ser realistas, pero muchas veces para superar los obstáculos necesitamos ser mejores que lo que nosotros mismos nos consideramos. No es cuestión de auto-engañarnos, sólo de sacar a la luz toda nuestra fuerza, que a menudo ocultamos bajo gruesas capas de miedo disfrazado de pesimismo.

Relato #13 LA PROFECIA AUTOCUMPLIDA

Para los agoreros que construyen su futuro

“Érase una vez un pueblo muy pequeño donde había una señora que tenía dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno con una expresión de preocupación en su rostro. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: “No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo”.

El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: “Te apuesto un peso a que no la haces”. Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Y él contesta: “es cierto, pero me he quedado preocupado por algo que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a sucederle a este pueblo”.

Todos se ríen de él, y el que se ganó su peso regresa a casa, donde está con su mamá. Feliz con su dinero dice:- Le gané este peso a Dámaso de la forma más sencilla porque es un tonto.

– ¿Por qué es un tonto?

Porque no pudo hacer una carambola sencillísima preocupado porque su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Su madre le dice: – No te burles de los presentimientos de los mayores porque a veces se hacen realidad… Una pariente oye esto y va a comprar carne. Le pide al carnicero: “Deme un kilo de carne”, y en el momento que la está cortando, le dice “mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado”.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar le dice: “mejor lleve dos kilos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas”. Entonces la señora responde: “Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos…” Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor.

Llega un momento en que toda la gente en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice:

– ¿Se han dado cuenta del calor que está haciendo?

– ¡Pero si en este pueblo siempre hizo calor! Tanto calor que los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.

– Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca hizo tanto calor.

– Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.

– Sí, pero no tanto calor como ahora. Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: “Hay un pajarito en la plaza”. Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.

– Pero señores, siempre hay pajaritos que bajan.

– Sí, pero nunca a esta hora. Es tal la tensión de los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.

– Yo que soy muy macho -grita uno- Me voy. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve. Hasta que los demás dicen: “Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos”. Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: “Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa”, y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra; en medio de ellos va la señora que tuvo el presentimiento y le dice a su hijo: “¿Viste mi hijo que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?”

(relato narrado por Gabriel García Márquez)

El poder de las creencias es extraordinario. Existen muchos gurús del desarrollo personal que mantienen que lo que crees lo creas. Que existe una ley de la atracción y podemos modificar la realidad a través de nuestros pensamientos. Reconozco que mi escepticismo es grande en el sentido de que no es suficiente desear mucho un objetivo para hacer que se alcance.

Eso sí, por experiencia propia puedo confirmar que el razonamiento en negativo sí que es cierto. Si pensamos que algo va a salir mal o que no puedes hacer algo, ten por seguro que casi seguro que no lo conseguirás. Tendrás la mente ocupada pensando en cómo justificar tu fracaso, y todo acabará  dando a la razón la ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”, que es la bandera de los pesimistas y la más falsa y cobarde de todas las leyes. Podemos reformularla diciendo “Si tú crees que saldrá mal, seguro que encuentras una excusa para fracasar”.

Te propongo aplicar la profecía autocumplida en el buen sentido  y convencerte de que “si puede conseguirse, lo haré”. No te asegura el éxito, pero al menos te pone en la dirección correcta hacia tus objetivos.

Relato #12 LA SASTRA Y EL TRAJE PERFECTO

Para los que esperan el cliente perfecto para su producto

“Érase una vez una joven costurera de una familia humilde que, como tantas otras, en tiempos de escasez, tuvo que dejar de estudiar y buscar un trabajo como aprendiza para ayudar a la economía familiar.

Nuestra protagonista era una chica lista y habilidosa además de muy creativa y con estas cualidades pronto fue aprendiendo las labores de su oficio y al cabo de un tiempo de aprendizaje cosiendo puños, cuellos y botones, consiguió un buen trabajo como sastra en un taller de costura especializado en trajes de hombres. Allí, la joven sastra cortaba y cosía unos elegantes trajes siguiendo los patrones de la moda de la época.

Pero la joven sastra sentía la necesidad de hacer algo especial, algo que le permitiera desarrollar su creatividad y buen hacer en su oficio.  Y esa oportunidad se cruzó en su camino en forma de galán, un joven apuesto y atractivo del que se enamoró con la ciega pasión del primer amor.  A sus ojos podía ser el modelo utópico de su traje perfecto. Salieron durante un tiempo, pero al joven le pudo su instinto aventurero y se fue en un barco a hacer las Américas. Mientras le esperaba, con su corazón henchido,  las manos y dedales de la sastra trabajaron amorosamente con la pasión de un amor utópico en la realización de un traje perfecto para un modelo ideal de caballero que existía más en sus pensamientos que en la realidad. Y al final creó el traje más perfecto del mundo, con un corte ideal, una tela de la mayor calidad y una costura primorosa. Lo dispuso sobre un maniquí de formas arquetípicas y lo colocó en el escaparate de la sastrería esperando a su modelo. Pero su caballero andante nunca volvió.

Esperó mucho tiempo hasta que entendió que debía ofrecer su traje perfecto a otros caballeros. El traje permanecía en el escaparate y llamaba la atención por su perfección. Se lo probó a varias personas que se interesaron en él.

Primero se lo puso un futbolista, pero tenía los músculos muy desarrollados y las perneras del pantalón no le entraban.

Luego lo intentó un orondo confitero, de familia rica y dispuesto a pagar lo que fuera por él, pero su barriga no le permitía abrocharse la chaqueta.

Hubo otros pocos caballeros que se atrevieron a probarse ese traje ejemplar pero a ninguno le quedaba bien.

Hasta que un día, un despistado profesor, bien parecido pero de menuda estatura y con algunos años más que los clientes habituales, entró en la sastrería e insistió en probarse el traje, que siempre le había gustado. En un primer momento, la sastra ya vio que a aquel profesor su traje perfecto no le iba a sentar nada bien y sus compañeras costureras le decían que era muy mayor y muy bajito para lucir el mejor traje de la sastrería.

Pero nuestra sastra, cansada de esperar al modelo perfecto y motivada por la amabilidad y buena presencia de ese profesor, decidió hacer lo que siempre había rechazado. Se puso el dedal, cogió las tijeras, enhebró las agujas y con gran habilidad ajustó las medidas del traje a las hechuras reales del amable profesor.

La sastra y el profesor con el traje bien ajustado se miraron en el espejo y se dieron cuenta que el traje, aunque ya no era idealmente perfecto, le quedaba como un guante y estaba hecho a medida, perfecto para él. Desde entonces la sastra hizo muchos más trajes a medida para el profesor y aprendió que adaptarse a las medidas reales de sus clientes era más efectivo que sentarse a esperar que los clientes se adaptaran a su traje estándar, por muy buena hechura que tuviera.

Hoy en día, ya retirada, la sastra que cosió el traje perfecto, continúa viviendo ajustándose a la realidad y sin dejarse limitar por las idílicas utopías de esperar a que la vida sea perfecta.”

(relato de elaboración propia, inspirado en mi madre con 91 años cumplidos y a la que se lo dedico con todo mi cariño)

¿No te resulta conocida esta historia? ¿No te has quedado muchas veces orgulloso de un producto perfecto y esperando al cliente ideal que no acaba nunca de llegar? Los escaparates, las ferias y las páginas web están llenas de productos que sus creadores consideran fantásticos y en los que han puesto toda su ilusión y se extrañan de no encontrar compradores que confirmen sus idílicos pronósticos. Pueden ser muy buenos, incluso sublimes en tu opinión, pero si no satisfacen y se adaptan a las necesidades del cliente sólo servirán para engordar tu ego y justificar la queja permanente por la falta de demanda.

Seguro que has puesto el alma en ese proyecto tan bueno y que te supone un pequeño drama renunciar a él en su totalidad, pero piensa en el destinatario, en aquel que lo va a usar y si tanta perfección le resulta útil. Cambia de foco, pon el foco en el cliente y deja de ponerlo sólo en ti. Y recuerda que ya hace mucho que no funciona el dicho de  “El buen paño en el arca se vende”. Adaptarse no es rendirse, es aceptar la realidad y ser feliz con ella.

Relato #11 LOS DOS CAZADORES

Para los que se atreven a cambiar su estrategia de siempre

“Érase una vez dos miembros de una tribu de cazadores que se habían cansado de seguir las órdenes del jefe, un autoritario que acaparaba todos los beneficios del trabajo del clan. Los dos jóvenes decidieron separarse del grupo, acompañados de sus respectivas esposas. Se llevaron una parte razonable de las reservas de comida y desaparecieron en plena noche.

El plan original era crear un nuevo grupo de cuatro individuos, pero los dos varones no se ponían de acuerdo sobre la forma de actuar. Como no podían volver a la tribu, optaron por irse cada uno por su lado. Sin embargo, acordaron para volver a encontrarse en el mismo lugar, dos lunas más tarde, para saber cómo les había ido.

El primero de los hombres tenía muy claro su plan: cazar una presa grande para disponer de comida, pieles y huesos que podría usar para hacerse con alguna de las tribus menos importantes de la zona. A partir de allí dispondría de otros cazadores y podría ir aumentando su influencia como jefe, hasta quizás remplazar al líder del clan del que había desertado.

El joven era uno de los más hábiles de su tribu, y dominaba perfectamente el arte de atrapar grandes presas. Bastaba con estudiar las principales rutas de paso de las manadas de la zona, cavar una fosa grande y esperar pacientemente a que cayera algún animal. Incluso sabía cómo esconderse para sorprender a las presas y que se dirigiesen sin cuidado hasta el hoyo. También era hábil con las manos y sabía hacer las herramientas necesarias para cavar, y fuerte para desplazar la tierra más rápido que cualquier otro hombre del clan.

Dedicó los dos primeros días a estudiar la zona, revisando huellas y observando las costumbres de los animales. El tercer día lo empleó a preparar las herramientas para cavar.

El cuarto día empezó el trabajo físico y notó como le costaba más de lo habitual. Su pala se desajustaba cada rato. En este momento recordó como el más viejo del clan siempre revisaba y reforzaba las herramientas antes de entregárselas a los jóvenes. Hasta el momento siempre había pensado que el anciano era un viejo perfeccionista que solo quería algo de protagonismo, pero ahora se daba cuenta que aportaba valor.

Con las interrupciones para volver a asegurar la pala, el hoyo no crecía tan rápido como de costumbre. El hombre había contado con tardar más, porque trabajaba solo, pero se dio cuenta de que también empleaba mucho tiempo en mover la tierra desde la trampa a una zona más alejada, para que los animales no sospecharan. Eso en la tribu lo hacían los más jóvenes y los más antiguos, y se dio cuenta que no era un trabajo tan fácil como imaginaba. Las canastas pesaban y el trayecto, aunque muy corto, se hacía largo por las muchas idas y vueltas.

Con tanto esfuerzo, tenía que comer más, beber más y descansar más. El orgulloso cazador incluso tuvo que resignarse a pedirle a su esposa que le ayudara a mover la tierra. Ella se lo había propuesta desde el inicio, pero en la tribu la caza era cosa de hombres, y solo cuando vio que el alimento decrecía más rápido que se profundizaba el hoyo aceptó a regañadientes. Sin embargo, la mujer no tenía la misma fuerza que los cazadores mayores o jóvenes, lo que la obligaba a llenar menos la canasta y a hacer más trayectos.

Pasaron los días, y cuando las reservas estaban a punto de acabar, finalmente el cazador pudo tapar el hoyo con camuflaje de ramas y hojas. Ahora solo quedaba esperar.

Pero pasar tanto tiempo cavando una trampa no era efectivo. Con la tribu era cuestión de unas horas, y el trabajo pasaba desapercibido. No fue así con este intento. Los animales acostumbrados a pasar por la zona, habían detectado la presencia humana durante varios días, y simplemente, ya no usaban este camino.

El primer cazador y su esposa esperaron en vano. Su trampa, que tanto les había costado, no atrapó a ningún animal. Sobrevivieron como pudieron durante semanas, alimentándose de bayas, insectos. Intentaron coger a pequeños animales, pero los cazadores de la tribu no sabían cazar pequeñas presas, y tras sobrevivir a un envenenamiento con frutas salvaje, la pareja volvió al punto de encuentro. Estaban débiles, cansados, desilusionados y hambrientos.

El segundo cazador no era ni tan fuerte ni tan hábil como el primero, pero cuando habían hablado de trabajar juntos, no le había convencido la idea de construir una trampa. Había visto como los miembros de otra tribu cazaban con arcos, y quería aprender. Después de separarse del grupo y de su compañero, se dirigió con su esposa hacia el clan de los arqueros. Cambio una pequeña parte de su reserva de comida por un arco viejo y unas instrucciones de uso para cazar y hacer flechas, y se lanzó a probar.

Los primeros días, disparó a muchos animales pero no consiguió alcanzar a ninguno. Perdió muchas flechas, pero comprobó como en muchos intentos podía recuperar el proyectil para otros usos, y de todos modos, fabricar nuevos no era tan complicado. Fue comiendo con su esposa de las reservas durante varios días, pero finalmente, probando suerte encontraron una técnica para cazar aves. Cuando encontraban a un faisán o una gallina salvaje, ambos se acercaban lo máximo posible, desde dos puntos. Una vez el cazador estaba listo, la mujer avanzaba para espantar el animal. En el momento del despegue el joven tenía una oportunidad de acierto, y tras varios intentos infructuosos, lo consiguió.

Cuando perfeccionaron sus técnicas, se dieron cuenta que a pesar de cazar animales pequeños conseguían más comida de la que necesitaban, y se dedicaron a intercambiar el exceso por herramientas y otro arco. El joven enseño a su esposa a cazar y compartiendo experiencias y trucos, aprendieron a matar cualquier animal que un arco podía derribar.

Bien equipados y con las reservas de comida llenas, se dirigieron al punto de encuentro.

Cuando vio en qué estado se encontraba su compañero, el segundo cazador se apiadó de su situación y compartió parte de su comida. La otra pareja se quedó descansando unos días, mientras los dos arqueros seguían abasteciéndoles de comida. Cuando el primer cazador se repuso le dijo al otro:

“Agradezco que me hayas ayudado, y la verdad que no te ha ido mal con el arco. Pero vamos, tú y yo somos cazadores de presas grandes. Fui presuntuoso al pensar que podía lograrlo yo solo, pero si no te hubieras ido por tu cuenta y me hubieras ayudado, lo hubiéramos logrado. Y todavía estamos a tiempo. Ven conmigo. No puedes vivir esta vida de arquero matando aves y conejos. Hasta has tenido que ser ayudado por tu esposa…”

Entonces el segundo joven le contestó: “Lo siento. Te ayudé porque me apiadé de ti. Pero ahora que te he salvado, ¿cuestionas mis decisiones y quieres convencerme de optar por una estrategia que te llevó al borde de la muerte? Si quieres quedarte, bien, pero tendrás que aprender a usar el arco y a seguir mis directrices. Y sino, puedes ir adónde quieras. Pero no voy a seguir manteniéndote ni darte más comida a cambio de nada.”

 (relato original de Antoine Kerfant publicado en https://crearmiempresa.es/article-los-dos-cazadores-117915645.html)

Este relato, que amablemente el autor me ha autorizado a publicar, nos inspira varios aprendizajes para los emprendedores:

  • Sé humilde, no empieces a lo grande y adapta los métodos que conoces a tu tamaño
  • Pide ayuda, aprende y olvida tus viejos esquemas mentales
  • Y sobre todo no te empeñes en mantener un modelo que no te funciona.   

Y estos aprendizajes son también válidos para las empresas consolidadas que emprenden nuevos proyectos o tienen que adaptarse a un mercado cambiante. Es fundamental empezar probando, aprender, dejarse ayudar y estar abierto a cambiar de modelos productivos. ¿Cuántas veces nos obcecamos en nuestra empresa por seguir el patrón de lo que ya sabemos y que siempre ha funcionado? Hay que ser consciente de que si no cambias, te cambian. Lo que antes funcionaba con una dimensión de empresa y de mercado determinada ahora puede ser una estrategia quemada; y con medios más ligeros y flexibles  los nuevos “cazadores” más atrevidos pueden conseguir progresar en un nuevo escenario. Tú eliges: construir pesadas “trampas” para atraer a los clientes grandes de siempre o aprender a usar el arco para “cazar” clientes más pequeños, pero en mayor cantidad. No hay una estrategia correcta, pero sí debes pensar en la más adecuada para tu negocio.