Relato #16 LA VIDA ES COMO EL MONOPOLY

Para tomar conciencia de lo efímero del tener

“Érase una un anciano empresario que regaló a su nieto el juego del Monopoly por su decimoctavo aniversario. Era verano y el joven disfrutaba de sus vacaciones antes de comenzar la carrera de económicas. El chico era ambicioso. Quería superar la fortuna acumulada por su abuelo. Por la tardes, los dos se sentaban junto al tablero y pasaban horas jugando. A pesar de la frustración de su nieto, el empresario seguía ganándole todas las partidas, pues conocía perfectamente las leyes que regían aquel juego.

Un mañana, el joven por fin comprendió que el Monopoly consistía en arruinar al contrincante y quedarse con todo. Y hacia final del verano, ganó finalmente su primera partida. Tras quedarse con la última posesión de su mentor, se enorgulleció de ver al anciano derrotado. “Soy mejor que tú, abuelo. Ya no tienes nada qué enseñarme”, farfulló, acunando en sus brazos el botín acumulado.

Sonriente, el empresario le contestó: “Te felicito, has ganado la partida. Pero ahora devuelve todo lo que tienes en tus manos a la caja. Todos esos billetes, casas y hoteles. Todos los ferrocarriles y compañías de servicios públicos. Todas esas propiedades y todo ese dinero… Ahora todo lo que has ganado vuelve a la caja del Monopoly.” Al escuchar sus palabras, el joven perdió la compostura.

Y el abuelo, con un tono cariñoso, añadió: “Nada de esto fue realmente tuyo. Tan sólo te emocionaste por un rato. Todas estas fichas estaban aquí mucho antes de que te sentaras a jugar, y seguirán ahí después de que te hayas ido. El juego de la vida es exactamente el mismo. Los jugadores vienen y se van. Interactúan en el mismo tablero en el que lo hacemos tú y yo. Pero recuerda: tu dinero, tu casa, tu coche, tu televisión… Nada de eso te pertenece. Todo lo que tienes. Todo lo que posees. Y todo lo que acumules. Tarde o temprano, todo lo que crees que es tuyo irá a parar nuevamente a la caja. Y te quedarás sin nada.”

El joven escuchaba cada vez con más atención. Y al captar su interés, el anciano empresario compartió con él una última lección: “Te voy a decir lo que me hubiera gustado que alguien me hubiera dicho cuando tenía tu edad. Piénsalo con detenimiento. ¿Qué pasará cuando consigas el ascenso profesional definitivo? ¿Cuándo hayas comprado todo lo que deseas? ¿Cuándo tengas suficiente seguridad financiera? ¿Cuándo hayas subido la escalera del éxito hasta el peldaño más alto que puedas alcanzar? ¿Qué pasará cuando la excitación desaparezca? Y créeme, desaparecerá. ¿Entonces qué? ¿Cuantos pasos tienes que caminar por esta senda antes de que veas a dónde conduce? Nada de lo que tengas va a ser nunca suficiente. Así que hazte a ti mismo una sola pregunta: ¿Qué es lo verdaderamente importante en la vida?” 

(cuento extraído del documental Zeitgeist Moving Forward, de Peter Josephen en el libro “Qué harías si no tuvieras miedo” de Borja Vilaseca)

Cada vez que jugaba con mis hijas al Monopoly me acordaba de  este cuento, de todo lo que me gusta ganar y lo poco que te dura el dinero,  las casas y hoteles en las manos cuando los dados te son esquivos.

Y todavía, cuando me da por agobiarme porque no tengo demasiados clientes, ni suficientes ingresos, ni tantas propiedades como otros, ni todos los ahorros que me gustaría poseer, pienso en la gran verdad del Monopoly: “al final todo vuelve a la caja”. Y no puedo dejar de pensar en esa otra caja, la de madera de pino o de caoba, en la que acabaremos sepultados o incinerados de manera inexorable, como mucho, si hemos ganado mucho dinero, siendo “el más rico de cementerio”.  Tomar nota de que estamos de paso, que la vida es un juego efímero, nos hace dar valor a lo verdaderamente importante, que además normalmente es gratis: reir, jugar, pasear, amar, compartir o estar con los tuyos. Quizás, si la vida es un juego, no nos la tenemos que tomar tan en serio. Como dijo John Lenon: “La vida es lo que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

Relato #15 EL RATÓN OPTIMISTA

Para los que aún dudan del poder del optimismo

“Érase una vez dos ratoncitos, uno optimista y otro pesimista, que buscando comida entraron en una lechería. Ambos, atraídos por el olor a queso, rebuscaron entre todos los recipientes, resbalaron y cayeron al mismo tiempo en dos vasijas que contenían leche. Eran unas vasijas de paredes lisas y muy profundas y no había manera de trepar.

 El ratoncito pesimista gritó: -No puedo salir de este cacharro, porque las paredes son muy resbaladizas. No puedo respirar en la leche, voy a asfixiarme, estoy perdido. Y, en efecto, a los pocos minutos se asfixió y se hundió muerto en la leche.

El ratoncito optimista tampoco sabía qué hacer; pero como era optimista trató de hacer algo y comenzó a agitarse en todos sentidos y al revolcarse como loco pronto vio que la leche empezaba a cuajarse. Con una gran decisión se agito más y más, hasta que toda la leche, se convirtió en crema, luego en mantequilla y finalmente en queso.

Comió un poco de queso, luego puso sus patitas sobre el mismo y saltó fuera del recipiente. Y así, el ratón optimista se salvó.” 

(relato anónimo popular)

Una prueba más de que quejarnos  y quedarnos parados no nos conduce a nada. Los que van por la vida viendo la botella medio vacía y que se repiten “yo soy realista, las cosas son así”, alimentan su victimismo, pretendiendo dar pena y la compasión de otras personas y consiguiendo únicamente justificar su inmovilismo.  

Uno de los mensajes que a mí me calaron de mi formación como coach es que “coaching es acción”. De nada sirve tomar conciencia de nuestra situación y un análisis minucioso del origen y causa de nuestros pesares si no actuamos para superarlos. El coaching trabaja hacia el futuro, no sólo para entender y reconciliarse con el pasado, sino con el enfoque puesto en el plan de acción. Y aunque no tengas un plan perfecto, haz como el ratón optimista y ¡muévete! Posiblemente no veas directamente convertir tus problemas en escalones para salir del hoyo, pero seguro que ves alguna solución que antes, mientras permanecías quieto y hundiéndote, no alcanzabas a ver.

Relato #14 LOS MINEROS

Para confiar en nuestra propia capacidad de salir adelante

“Érase una vez seis mineros que trabajaban en un túnel muy profundo extrayendo minerales desde las entrañas de la tierra.

Un día, de repente, un derrumbe los dejo aislados del exterior sellando la salida del túnel. En silencio, cada uno miró a los demás. De un vistazo calcularon su situación. Con su experiencia, se dieron cuenta rápidamente de que el problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien les quedaban unas tres horas de aire, cuando mucho tres horas y media.

Mucha gente de afuera sabría que ellos estaban allí atrapados, pero un derrumbe como este significaría horadar otra vez la mina para llegar a buscarlos. ¿Podrían hacerlo antes de que se terminara el aire?

Los expertos mineros decidieron que debían ahorrar todo el oxígeno que pudieran. Acordaron hacer el menor desgaste físico posible, apagaron las lámparas que llevaban y se tendieron todos en el piso.

Enmudecidos por la situación e inmóviles en la oscuridad era difícil calcular el paso del tiempo. Casualmente solo uno de ellos tenía reloj. Hacia él iban todas las preguntas: ¿Cuánto tiempo pasó? ¿Cuánto falta? ¿Y ahora?

El tiempo se estiraba, cada par de minutos parecía una hora y la desesperación ante cada respuesta agravaba aún más la tensión. El jefe de los mineros se dio cuenta de que si seguían así la ansiedad los haría respirar más rápidamente y eso los podía matar. Así que ordenó al que tenía el reloj que solamente él controlara el paso del tiempo. Nadie haría más preguntas, él avisaría a todos cada media hora.

Cumpliendo la orden, el del reloj controlaba el tiempo. Y cuando la primera media hora paso. Él dijo: “ha pasado media hora”. Hubo un murmullo entre ellos y una angustia que se sentía en el aire.

El hombre del reloj se dio cuenta de que a medida que pasaba el tiempo, iba a ser cada vez más terrible comunicarles que el minuto final se acercaba. Sin consultar a nadie decidió que ellos no merecían morirse sufriendo. Así que la próxima vez que les informó de la media hora, habían pasado en realidad 45 minutos.

No había ninguna manera de notar la diferencia así que nadie siquiera desconfió. Apoyado en el éxito del engaño la tercera información la dio casi una hora después. Dijo “paso otra media hora”… y los cinco creyeron que habían pasado encerrados, en total, una hora y media y todos pensaron en cuán largo se les hacía el tiempo.

Así siguió el del reloj, a cada hora completa les informaba que había pasado media hora.

La cuadrilla del exterior apuraba las tareas de rescate, sabían en que cámara estaban atrapados, y que sería difícil poder llegar antes de cuatro horas.

 Llegaron a las cuatro horas y media.

Lo más probable era encontrar a los seis mineros muertos. Encontraron vivos a cinco de ellos. Solamente uno había muerto de asfixia…el que tenía el reloj.”

 (relato de Jorge Bucay)

Las creencias y  condicionamientos de los mineros son capaces de marcar la diferencia entre sobrevivir y morir. Sin llegar a estos extremos, tiene mucho sentido pensar  que si confiamos en que se puede seguir adelante, nuestras posibilidades se multiplicarán.

Nuestra mente se retroalimenta de nuestros pensamientos. Si éstos son negativos, la ansiedad provocará un círculo vicioso que nos cargará más de negatividad. Cuando son positivos, se convierten en el motor de un círculo virtuoso que nos hará poder alcanzar cotas extraordinarias. Los pesimistas siempre argumentan en favor de ser realistas, pero muchas veces para superar los obstáculos necesitamos ser mejores que lo que nosotros mismos nos consideramos. No es cuestión de auto-engañarnos, sólo de sacar a la luz toda nuestra fuerza, que a menudo ocultamos bajo gruesas capas de miedo disfrazado de pesimismo.

Relato #13 LA PROFECIA AUTOCUMPLIDA

Para los agoreros que construyen su futuro

“Érase una vez un pueblo muy pequeño donde había una señora que tenía dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno con una expresión de preocupación en su rostro. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: “No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo”.

El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: “Te apuesto un peso a que no la haces”. Todos se ríen. Él se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla. Y él contesta: “es cierto, pero me he quedado preocupado por algo que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a sucederle a este pueblo”.

Todos se ríen de él, y el que se ganó su peso regresa a casa, donde está con su mamá. Feliz con su dinero dice:- Le gané este peso a Dámaso de la forma más sencilla porque es un tonto.

– ¿Por qué es un tonto?

Porque no pudo hacer una carambola sencillísima preocupado porque su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.

Su madre le dice: – No te burles de los presentimientos de los mayores porque a veces se hacen realidad… Una pariente oye esto y va a comprar carne. Le pide al carnicero: “Deme un kilo de carne”, y en el momento que la está cortando, le dice “mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado”.

El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar le dice: “mejor lleve dos kilos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas”. Entonces la señora responde: “Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos…” Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor.

Llega un momento en que toda la gente en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice:

– ¿Se han dado cuenta del calor que está haciendo?

– ¡Pero si en este pueblo siempre hizo calor! Tanto calor que los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos.

– Sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca hizo tanto calor.

– Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor.

– Sí, pero no tanto calor como ahora. Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: “Hay un pajarito en la plaza”. Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.

– Pero señores, siempre hay pajaritos que bajan.

– Sí, pero nunca a esta hora. Es tal la tensión de los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.

– Yo que soy muy macho -grita uno- Me voy. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve. Hasta que los demás dicen: “Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos”. Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo.

Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: “Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa”, y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.

Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra; en medio de ellos va la señora que tuvo el presentimiento y le dice a su hijo: “¿Viste mi hijo que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?”

(relato narrado por Gabriel García Márquez)

El poder de las creencias es extraordinario. Existen muchos gurús del desarrollo personal que mantienen que lo que crees lo creas. Que existe una ley de la atracción y podemos modificar la realidad a través de nuestros pensamientos. Reconozco que mi escepticismo es grande en el sentido de que no es suficiente desear mucho un objetivo para hacer que se alcance.

Eso sí, por experiencia propia puedo confirmar que el razonamiento en negativo sí que es cierto. Si pensamos que algo va a salir mal o que no puedes hacer algo, ten por seguro que casi seguro que no lo conseguirás. Tendrás la mente ocupada pensando en cómo justificar tu fracaso, y todo acabará  dando a la razón la ley de Murphy: “Si algo puede salir mal, saldrá mal”, que es la bandera de los pesimistas y la más falsa y cobarde de todas las leyes. Podemos reformularla diciendo “Si tú crees que saldrá mal, seguro que encuentras una excusa para fracasar”.

Te propongo aplicar la profecía autocumplida en el buen sentido  y convencerte de que “si puede conseguirse, lo haré”. No te asegura el éxito, pero al menos te pone en la dirección correcta hacia tus objetivos.

Relato #12 LA SASTRA Y EL TRAJE PERFECTO

Para los que esperan el cliente perfecto para su producto

“Érase una vez una joven costurera de una familia humilde que, como tantas otras, en tiempos de escasez, tuvo que dejar de estudiar y buscar un trabajo como aprendiza para ayudar a la economía familiar.

Nuestra protagonista era una chica lista y habilidosa además de muy creativa y con estas cualidades pronto fue aprendiendo las labores de su oficio y al cabo de un tiempo de aprendizaje cosiendo puños, cuellos y botones, consiguió un buen trabajo como sastra en un taller de costura especializado en trajes de hombres. Allí, la joven sastra cortaba y cosía unos elegantes trajes siguiendo los patrones de la moda de la época.

Pero la joven sastra sentía la necesidad de hacer algo especial, algo que le permitiera desarrollar su creatividad y buen hacer en su oficio.  Y esa oportunidad se cruzó en su camino en forma de galán, un joven apuesto y atractivo del que se enamoró con la ciega pasión del primer amor.  A sus ojos podía ser el modelo utópico de su traje perfecto. Salieron durante un tiempo, pero al joven le pudo su instinto aventurero y se fue en un barco a hacer las Américas. Mientras le esperaba, con su corazón henchido,  las manos y dedales de la sastra trabajaron amorosamente con la pasión de un amor utópico en la realización de un traje perfecto para un modelo ideal de caballero que existía más en sus pensamientos que en la realidad. Y al final creó el traje más perfecto del mundo, con un corte ideal, una tela de la mayor calidad y una costura primorosa. Lo dispuso sobre un maniquí de formas arquetípicas y lo colocó en el escaparate de la sastrería esperando a su modelo. Pero su caballero andante nunca volvió.

Esperó mucho tiempo hasta que entendió que debía ofrecer su traje perfecto a otros caballeros. El traje permanecía en el escaparate y llamaba la atención por su perfección. Se lo probó a varias personas que se interesaron en él.

Primero se lo puso un futbolista, pero tenía los músculos muy desarrollados y las perneras del pantalón no le entraban.

Luego lo intentó un orondo confitero, de familia rica y dispuesto a pagar lo que fuera por él, pero su barriga no le permitía abrocharse la chaqueta.

Hubo otros pocos caballeros que se atrevieron a probarse ese traje ejemplar pero a ninguno le quedaba bien.

Hasta que un día, un despistado profesor, bien parecido pero de menuda estatura y con algunos años más que los clientes habituales, entró en la sastrería e insistió en probarse el traje, que siempre le había gustado. En un primer momento, la sastra ya vio que a aquel profesor su traje perfecto no le iba a sentar nada bien y sus compañeras costureras le decían que era muy mayor y muy bajito para lucir el mejor traje de la sastrería.

Pero nuestra sastra, cansada de esperar al modelo perfecto y motivada por la amabilidad y buena presencia de ese profesor, decidió hacer lo que siempre había rechazado. Se puso el dedal, cogió las tijeras, enhebró las agujas y con gran habilidad ajustó las medidas del traje a las hechuras reales del amable profesor.

La sastra y el profesor con el traje bien ajustado se miraron en el espejo y se dieron cuenta que el traje, aunque ya no era idealmente perfecto, le quedaba como un guante y estaba hecho a medida, perfecto para él. Desde entonces la sastra hizo muchos más trajes a medida para el profesor y aprendió que adaptarse a las medidas reales de sus clientes era más efectivo que sentarse a esperar que los clientes se adaptaran a su traje estándar, por muy buena hechura que tuviera.

Hoy en día, ya retirada, la sastra que cosió el traje perfecto, continúa viviendo ajustándose a la realidad y sin dejarse limitar por las idílicas utopías de esperar a que la vida sea perfecta.”

(relato de elaboración propia, inspirado en mi madre con 91 años cumplidos y a la que se lo dedico con todo mi cariño)

¿No te resulta conocida esta historia? ¿No te has quedado muchas veces orgulloso de un producto perfecto y esperando al cliente ideal que no acaba nunca de llegar? Los escaparates, las ferias y las páginas web están llenas de productos que sus creadores consideran fantásticos y en los que han puesto toda su ilusión y se extrañan de no encontrar compradores que confirmen sus idílicos pronósticos. Pueden ser muy buenos, incluso sublimes en tu opinión, pero si no satisfacen y se adaptan a las necesidades del cliente sólo servirán para engordar tu ego y justificar la queja permanente por la falta de demanda.

Seguro que has puesto el alma en ese proyecto tan bueno y que te supone un pequeño drama renunciar a él en su totalidad, pero piensa en el destinatario, en aquel que lo va a usar y si tanta perfección le resulta útil. Cambia de foco, pon el foco en el cliente y deja de ponerlo sólo en ti. Y recuerda que ya hace mucho que no funciona el dicho de  “El buen paño en el arca se vende”. Adaptarse no es rendirse, es aceptar la realidad y ser feliz con ella.

Relato #11 LOS DOS CAZADORES

Para los que se atreven a cambiar su estrategia de siempre

“Érase una vez dos miembros de una tribu de cazadores que se habían cansado de seguir las órdenes del jefe, un autoritario que acaparaba todos los beneficios del trabajo del clan. Los dos jóvenes decidieron separarse del grupo, acompañados de sus respectivas esposas. Se llevaron una parte razonable de las reservas de comida y desaparecieron en plena noche.

El plan original era crear un nuevo grupo de cuatro individuos, pero los dos varones no se ponían de acuerdo sobre la forma de actuar. Como no podían volver a la tribu, optaron por irse cada uno por su lado. Sin embargo, acordaron para volver a encontrarse en el mismo lugar, dos lunas más tarde, para saber cómo les había ido.

El primero de los hombres tenía muy claro su plan: cazar una presa grande para disponer de comida, pieles y huesos que podría usar para hacerse con alguna de las tribus menos importantes de la zona. A partir de allí dispondría de otros cazadores y podría ir aumentando su influencia como jefe, hasta quizás remplazar al líder del clan del que había desertado.

El joven era uno de los más hábiles de su tribu, y dominaba perfectamente el arte de atrapar grandes presas. Bastaba con estudiar las principales rutas de paso de las manadas de la zona, cavar una fosa grande y esperar pacientemente a que cayera algún animal. Incluso sabía cómo esconderse para sorprender a las presas y que se dirigiesen sin cuidado hasta el hoyo. También era hábil con las manos y sabía hacer las herramientas necesarias para cavar, y fuerte para desplazar la tierra más rápido que cualquier otro hombre del clan.

Dedicó los dos primeros días a estudiar la zona, revisando huellas y observando las costumbres de los animales. El tercer día lo empleó a preparar las herramientas para cavar.

El cuarto día empezó el trabajo físico y notó como le costaba más de lo habitual. Su pala se desajustaba cada rato. En este momento recordó como el más viejo del clan siempre revisaba y reforzaba las herramientas antes de entregárselas a los jóvenes. Hasta el momento siempre había pensado que el anciano era un viejo perfeccionista que solo quería algo de protagonismo, pero ahora se daba cuenta que aportaba valor.

Con las interrupciones para volver a asegurar la pala, el hoyo no crecía tan rápido como de costumbre. El hombre había contado con tardar más, porque trabajaba solo, pero se dio cuenta de que también empleaba mucho tiempo en mover la tierra desde la trampa a una zona más alejada, para que los animales no sospecharan. Eso en la tribu lo hacían los más jóvenes y los más antiguos, y se dio cuenta que no era un trabajo tan fácil como imaginaba. Las canastas pesaban y el trayecto, aunque muy corto, se hacía largo por las muchas idas y vueltas.

Con tanto esfuerzo, tenía que comer más, beber más y descansar más. El orgulloso cazador incluso tuvo que resignarse a pedirle a su esposa que le ayudara a mover la tierra. Ella se lo había propuesta desde el inicio, pero en la tribu la caza era cosa de hombres, y solo cuando vio que el alimento decrecía más rápido que se profundizaba el hoyo aceptó a regañadientes. Sin embargo, la mujer no tenía la misma fuerza que los cazadores mayores o jóvenes, lo que la obligaba a llenar menos la canasta y a hacer más trayectos.

Pasaron los días, y cuando las reservas estaban a punto de acabar, finalmente el cazador pudo tapar el hoyo con camuflaje de ramas y hojas. Ahora solo quedaba esperar.

Pero pasar tanto tiempo cavando una trampa no era efectivo. Con la tribu era cuestión de unas horas, y el trabajo pasaba desapercibido. No fue así con este intento. Los animales acostumbrados a pasar por la zona, habían detectado la presencia humana durante varios días, y simplemente, ya no usaban este camino.

El primer cazador y su esposa esperaron en vano. Su trampa, que tanto les había costado, no atrapó a ningún animal. Sobrevivieron como pudieron durante semanas, alimentándose de bayas, insectos. Intentaron coger a pequeños animales, pero los cazadores de la tribu no sabían cazar pequeñas presas, y tras sobrevivir a un envenenamiento con frutas salvaje, la pareja volvió al punto de encuentro. Estaban débiles, cansados, desilusionados y hambrientos.

El segundo cazador no era ni tan fuerte ni tan hábil como el primero, pero cuando habían hablado de trabajar juntos, no le había convencido la idea de construir una trampa. Había visto como los miembros de otra tribu cazaban con arcos, y quería aprender. Después de separarse del grupo y de su compañero, se dirigió con su esposa hacia el clan de los arqueros. Cambio una pequeña parte de su reserva de comida por un arco viejo y unas instrucciones de uso para cazar y hacer flechas, y se lanzó a probar.

Los primeros días, disparó a muchos animales pero no consiguió alcanzar a ninguno. Perdió muchas flechas, pero comprobó como en muchos intentos podía recuperar el proyectil para otros usos, y de todos modos, fabricar nuevos no era tan complicado. Fue comiendo con su esposa de las reservas durante varios días, pero finalmente, probando suerte encontraron una técnica para cazar aves. Cuando encontraban a un faisán o una gallina salvaje, ambos se acercaban lo máximo posible, desde dos puntos. Una vez el cazador estaba listo, la mujer avanzaba para espantar el animal. En el momento del despegue el joven tenía una oportunidad de acierto, y tras varios intentos infructuosos, lo consiguió.

Cuando perfeccionaron sus técnicas, se dieron cuenta que a pesar de cazar animales pequeños conseguían más comida de la que necesitaban, y se dedicaron a intercambiar el exceso por herramientas y otro arco. El joven enseño a su esposa a cazar y compartiendo experiencias y trucos, aprendieron a matar cualquier animal que un arco podía derribar.

Bien equipados y con las reservas de comida llenas, se dirigieron al punto de encuentro.

Cuando vio en qué estado se encontraba su compañero, el segundo cazador se apiadó de su situación y compartió parte de su comida. La otra pareja se quedó descansando unos días, mientras los dos arqueros seguían abasteciéndoles de comida. Cuando el primer cazador se repuso le dijo al otro:

“Agradezco que me hayas ayudado, y la verdad que no te ha ido mal con el arco. Pero vamos, tú y yo somos cazadores de presas grandes. Fui presuntuoso al pensar que podía lograrlo yo solo, pero si no te hubieras ido por tu cuenta y me hubieras ayudado, lo hubiéramos logrado. Y todavía estamos a tiempo. Ven conmigo. No puedes vivir esta vida de arquero matando aves y conejos. Hasta has tenido que ser ayudado por tu esposa…”

Entonces el segundo joven le contestó: “Lo siento. Te ayudé porque me apiadé de ti. Pero ahora que te he salvado, ¿cuestionas mis decisiones y quieres convencerme de optar por una estrategia que te llevó al borde de la muerte? Si quieres quedarte, bien, pero tendrás que aprender a usar el arco y a seguir mis directrices. Y sino, puedes ir adónde quieras. Pero no voy a seguir manteniéndote ni darte más comida a cambio de nada.”

 (relato original de Antoine Kerfant publicado en https://crearmiempresa.es/article-los-dos-cazadores-117915645.html)

Este relato, que amablemente el autor me ha autorizado a publicar, nos inspira varios aprendizajes para los emprendedores:

  • Sé humilde, no empieces a lo grande y adapta los métodos que conoces a tu tamaño
  • Pide ayuda, aprende y olvida tus viejos esquemas mentales
  • Y sobre todo no te empeñes en mantener un modelo que no te funciona.   

Y estos aprendizajes son también válidos para las empresas consolidadas que emprenden nuevos proyectos o tienen que adaptarse a un mercado cambiante. Es fundamental empezar probando, aprender, dejarse ayudar y estar abierto a cambiar de modelos productivos. ¿Cuántas veces nos obcecamos en nuestra empresa por seguir el patrón de lo que ya sabemos y que siempre ha funcionado? Hay que ser consciente de que si no cambias, te cambian. Lo que antes funcionaba con una dimensión de empresa y de mercado determinada ahora puede ser una estrategia quemada; y con medios más ligeros y flexibles  los nuevos “cazadores” más atrevidos pueden conseguir progresar en un nuevo escenario. Tú eliges: construir pesadas “trampas” para atraer a los clientes grandes de siempre o aprender a usar el arco para “cazar” clientes más pequeños, pero en mayor cantidad. No hay una estrategia correcta, pero sí debes pensar en la más adecuada para tu negocio.

Relato #10 LA BOMBA DE AGUA Y LA BOTELLA

Para los que se enfrentan a inversiones difíciles

“Érase una vez un hombre que estaba perdido en el desierto, a punto de morir de sed. Llegó a una cabaña semiderruida y desvencijada donde se encontró una vieja bomba de agua, toda oxidada. Se arrastró hacia allí, tomó la manivela y comenzó a bombear y a bombear sin parar, pero nada sucedía. Desilusionado, cayó postrado hacia atrás, y entonces notó que a su lado había una botella vieja.

La miró, la limpió de todo el polvo que la cubría, y pudo leer que decía: “Para que esta bomba funcione, primero necesitas cebarla vaciando en ella, toda el agua de esta botella. PD.: Haz el favor de rellenar la botella antes de irte.”.

El hombre abrió la botella y efectivamente tenía agua. La botella estaba casi llena de agua. Pero ahora se enfrentaba a un gran dilema: Si bebía el agua podría sobrevivir, pero si echaba el agua en la vieja bomba oxidada, quizá obtendría agua fresca del fondo del pozo, podría tener toda el agua que quisiera y podría llenar la botella para la próxima persona, pero ¿y si no funcionaba?

¿Debía perder toda el agua que tenía, esperando que aquellas instrucciones, escritas no se sabía cuándo, fueran ciertas?

Con temor, el hombre volcó toda el agua en la bomba y empezó a bombear… La bomba empezó a chirriar, pero nada ocurrió. Al cabo de unos instantes surgió un hilito de agua; después un pequeño chorro y, finalmente el agua brotó con abundancia. La vieja y oxidada bomba hizo salir mucha, pero mucha agua fresca y cristalina. El hombre llenó la botella y bebió de ella hasta saciarse. La llenó otra vez para el próximo que pasara por allí, la enroscó y agregó una pequeña nota a la etiqueta.

¡Créeme, funciona! ¡Necesitas dar toda el agua antes de poder obtenerla otra vez!”

 (relato popular  recogido por Jaume Soler & Merce Conangla en “Aplícate el cuento”)

Beber ahora la escasez o confiar en un futuro abundante pero incierto. Arriesgarte a morir de sed y dar todo lo que tienes pensando que todo lo que das te será devuelto con creces. Realmente es una decisión difícil, similar a la que se nos plantea cuando tenemos que invertir todo lo poco que tenemos en un proyecto que nos promete grandes beneficios pero con toda la incertidumbre de un futuro cambiante.

El riesgo siempre existe y la dificultad de tomar una decisión está más en lo que tienes que dejar que en lo que puedes ganar. El simbolismo en el cuento de vaciar el agua de la botella  significa todo lo que hay que abandonar al acometer un nuevo proyecto: la seguridad a corto plazo, la comodidad de lo ya conocido, el propio instinto de protegernos de los riesgos…

Posiblemente la función del coaching sea la misma de ese mensaje final: vaciarte de todos tus miedos y hacerte consciente del valor de todo lo que ya tienes para “cebar” la maquinaria de hacer realidad tus proyectos.

Relato #9 EL PESCADOR Y EL EMPRESARIO

Para saber lo que de verdad nos importa

“Érase una vez un rico empresario, muy trabajador y exitoso, que paseaba un día por el puerto cuando se encontró con un humilde pescador. El hombre, ya mayor, pescaba sentado en el embarcadero con una vieja caña de pescar. Y tenía el cubo rebosante de peces.

El empresario, asombrado por esa cantidad de pescado, se acercó a él para preguntarle:

– Perdone que le pregunte, buen hombre. Veo que se le da muy bien la pesca… Llevará muchas horas pescando, supongo…

– Pues mire usted- respondió con tranquilidad el pescador- La verdad es que nunca madrugo. Desayuno tranquilamente con mi mujer y mis hijos, y después vengo a pescar. Cuando veo que ya tengo suficiente, me vuelvo a casa a comer. Después paso la tarde con los nietos o con mis amigos.

– ¿Me está usted diciendo que en apenas un par de horas pesca todo esto? ¿Y por qué no le dedica más horas?

– ¿Y para qué quiero dedicarle más tiempo?

– Porque si le dedicara usted por lo menos ocho horas, pescaría ocho veces más.

– ¿Y para qué querría pescar más?

– Porque así podría invertir en aparejos, comprar un barco nuevo y poder ir mar adentro para pescar aún más.

– ¿Y para qué quiero un barco y pescar tanto?

– Para ampliar el negocio. Al aumentar el producto, podría comprar una flota entera de barcos y pagar a pescadores a su servicio.

– ¿Y para qué querría yo tener una flota de barcos y pescadores a mi servicio?

– ¿No lo entiende? Si llega a ese punto del negocio, podrá desentenderse del trabajo y simplemente supervisar la gestión… Tendrá más tiempo libre. Ya no tendrá que madrugar y podrá tener tiempo libre para pasar con la familia y los amigos.

El pescador le miró sin entender nada. Solo contestó:

– Pero… ¿no es eso lo que ya tengo?”

(relato popular  de origen brasileño)

¿Quién quieres ser tú, el humilde pescador o el ambicioso empresario?  No te engañes. Aunque la fábula favorece al pescador, al que se presenta como un hombre feliz y despreocupado, casi todos nos comportamos como el empresario de éxito, y éste es el tipo de persona que consideramos un triunfador. El comportamiento del pescador, que trabaja lo justo y no tiene ambición,  es visto en nuestra sociedad como un perezoso y una persona de poco fundamento.

En nuestra cultura se prima la creencia del esfuerzo y del trabajo: “hay que trabajar duro”, “siempre al pie del cañón” y “con el sudor de tu frente”. Nos sentimos culpables si no trabajamos mil horas, si no estamos todo el día atareados en nuestro puesto, ocupados en aumentar la productividad hasta que el estrés nos satura. Pero es interesante hacernos la pregunta mágica del pescador: ¿para qué? Si nos hacemos varias veces esta pregunta llegaremos al verdadero propósito de nuestras actuaciones y puede que nos sorprendamos como el pescador porque ya está en nuestra mano aquello que tanto deseamos. Si sólo quieres triunfar, trabaja duro para lograrlo hasta dejarte los cuernos, pero si buscas tu éxito interior quizás sea más sensato llegar a un equilibrio entre la frugalidad del pescador y la voracidad del empresario.

Relato #8 LOS MONOS Y LOS PLATANOS

Para los que no se cuestionan sus creencias

“Érase una vez un grupo de científicos que, para estudiar el comportamiento de los primates, encerró a cinco monos en una jaula.  En el centro de la jaula colocaron una escalera y, sobre ella, un montón de plátanos.

Cuando uno de los monos subía la escalera para agarrar los plátanos los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que se quedaban en el suelo. Pasado algún tiempo, los monos aprendieron la relación entre la escalera y el agua, de modo que cuando un mono iba a subir la escalera, los otros lo molían a palos. Después de haberse repetido varias veces la experiencia, ningún mono se atrevía a  subir la escalera, a pesar de la tentación de los plátanos.

Entonces, los científicos sustituyeron a uno de los monos por otro nuevo. Lo primero que hizo el mono novato nada más ver los plátanos fue subir la escalera. Los otros, rápidamente, le bajaron y le pegaron antes de que saliera el agua fría sobre ellos. Después de algunas palizas, el nuevo integrante del grupo nunca más subió por la escalera.

Un segundo mono fue sustituido, y ocurrió lo mismo con el que entró en su lugar. El primer sustituido participó con especial entusiasmo en la paliza al nuevo. Un tercero fue cambiado, y se repitió el suceso. El cuarto, y finalmente el quinto de los monos originales fueron sustituidos hasta que todos los monos de la jaula eran nuevos.

Los científicos observaron que los cinco monos que, a pesar de no haber recibido nunca una ducha de agua fría, continuaban golpeando a aquél que intentaba llegar hasta los plátanos. Si fuera posible preguntar a alguno de ellos por qué pegaban con tanto ímpetu al que subía a por los plátanos, con certeza ésta sería la respuesta: -No lo sé. Aquí, las cosas siempre se han hecho así”

(relato popular  basado en un experimento inexistente)

Esta fábula de los monos y los plátanos, que se repite incesantemente por los blogs y libros de autoayuda como un experimento científico que en realidad nunca se llevó a cabo, al menos en estos términos, constituye, sin embargo la prueba fehaciente de su validez como metáfora . Los monos del experimento son como esos cientos de personas que han reproducido una historia falsa sin dudar ni por un solo segundo de ella.

Y, efectivamente,  el aprendizaje que extraemos de esta fábula-experimento es muy potente para entender cómo adquirimos nuestras creencias y construirnos nuestros paradigmas, muchas veces sin cuestionar el sentido y el origen de las mismas. No sé ni las veces que he llegado a oír a mis colaboradores y clientes  la frase del final del relato: “Aquí, las cosas siempre se han hecho así” cuando les preguntaba la razón de sus hábitos y comportamientos. La inercia de los hábitos y la resistencia al cambio es el gran obstáculo a la innovación y al desarrollo en la empresa y en la propia vida.

Puede que el experimento de los monos sea falso, pero de lo que estoy seguro es que si alguien osara hacer el mismo experimento con humanos, probablemente el resultado sería el mismo del cuento y pocos se atreverían a ir en contra de la mayoría y subir la escalera. Somos animales de costumbres y ¡hay que ser muy valientes para cuestionar nuestras creencias!

Relato #7 EL GRANJERO QUE SABÍA DE NUMEROS

Para los que calculan mucho y hacen poco

“Érase una vez, de entre todos los pueblos que Nasrudín visitó en sus viajes, uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudín encontró alojamiento en la casa de un granjero.

A la mañana siguiente, se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las traían de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.

– ¿No sería mejor si tuvierais agua en el pueblo?, – preguntó Nasrudín al granjero de la casa en la que se alojaba

– ¡Por supuesto que sería mucho mejor!, – dijo el granjero. – El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas tanto las horas del burro como las del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año, que al precio actual alcanzarían para comprar vaca y media.

– Veo que lo tienes todo bien calculado, – dijo Nasrudín admirado. – ¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua del río?

– ¡Eso no es bien simple!», – dijo el granjero. – En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Sólo me quedan otros treinta años más de vida, meses más, meses menos, u otros 6 y 3/4 si dejo el tabaco. Así que me es más barato enviarles por el agua.

– Sí, pero, ¿es que serías tú el único responsable de construir un canal? Sois muchas familias en el pueblo.

– Claro que sí, – dijo el granjero. – Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año.

– Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?

– Pues mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y azúcar, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después otro té con galletas y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos.

– Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te aseguro, cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar.

– Vale, – dijo Nasrudin -, pero entonces en cuatro años estaríais preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!

– Hay otro problema, – dijo el granjero. – Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá servirse del agua, tanto si ha contribuido o no  con su parte de trabajo correspondiente.

– Lo entiendo, – dijo Nasrudín. – Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal.

– Pues no, – dijo el granjero. – Cualquier avispado que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin costo alguno.

– Tengo que admitir que tienes razón, – dijo Nasrudín.

– Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, otro día el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño y el burro tendrán que ir a buscar al médico… Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrir el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así que la construcción del canal ni siquiera se empezará…

– Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes, – dijo Nasrudín

Se quedó pensativo por un momento, y de repente exclamó: – conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tenía el mismo problema que vosotros tenéis. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años.

– Efectivamente, – dijo el granjero -, pero a ellos no se les dan bien los números…”

(cuento sufí del Mullah Nasrudín recopilado por Idries Shah)

Esta historia del loco y sabio maestro de la tradición sufí, Nasrudí, nos habla de la inutilidad de exagerar el análisis ante la toma decisiones. Esta actitud provoca el llamado PARÁLISIS POR ANÁLISIS. Obviamente, no es recomendable tomar decisiones sin pensar, a lo loco, pero un exceso de anticipación de todas las posibles circunstancias que pueden acontecer ante una decisión resulta en un bloqueo absoluto. ¿Cuántas veces te has quedado dando vueltas a una idea y has perdido el tiempo y la oportunidad de poner en marcha aquel proyecto que tan bien pensado tenías? Te aseguro que yo ya he tenido esa sensación de “eso ya lo había pensado yo antes” al ver a alguien que analizó menos e hizo más. Por eso te puedo decir: no pienses tanto y actúa.

“La mejor decisión es la que se toma”