Relato #26 LA FAMILIA Y EL BURRO

Para los que están pendientes de lo que dicen los demás

“Érase una vez un hombre y su mujer que salieron de viaje con su hijo de doce años montado sobre un burro. Al pasar por el primer pueblo, la gente comentó: “Mirad ese chico tan maleducado: monta sobre el burro mientras los pobres padres van caminando.” Entonces, la mujer le dijo a su esposo: “No permitamos que la gente hable mal del niño. Es mejor que subas tú al burro.”

Al llegar al segundo pueblo, la gente murmuró: “Qué sinvergüenza es ese tipo: deja que la criatura y la pobre mujer tiren del burro, mientras él va muy cómodo encima.” Entonces tomaron la decisión de subirla a ella en el burro mientras padre e hijo tiraban de las riendas.

Al pasar por el tercer pueblo, la gente exclamó: “¡Pobre hombre! ¡Después de trabajar todo el día, debe llevar a la mujer sobre el burro! ¡Y pobre hijo! ¡Qué será lo que les espera con esa madre!”

Entonces se pusieron de acuerdo y decidieron subir al burro los tres, y continuar su viaje. Al llegar a otro pueblo, la gente dijo: “¡Mirad que familia, son más bestias que el burro que los lleva! ¡Van a partirle la columna al pobre animal!”

Al escuchar esto, decidieron bajarse los tres y caminar junto al burro. Pero al pasar por el pueblo siguiente la gente les volvió a increpar: “¡Mirad a esos tres idiotas: caminan cuando tienen un burro que podría llevarlos!”

(fábula popular extraída del libro “El principito se pone la corbata” de Borja Vilaseca)

Si estás siempre pendiente de lo que digan los demás nunca acertarás. Es imposible contentar a todos. La necesidad de aprobación ajena esconde una falta de seguridad en uno mismo que difícilmente nos ayuda a crecer. En un entorno en el que estamos expuestos a los reproches y críticas de los demás, sobre todo en el mundo digital, dónde los “haters” vomitan su propia infelicidad escondidos en el anonimato de las redes, es más necesario que nunca hacernos fuertes y conscientes de nuestra propia valía.

Este suele ser un objetivo recurrente en las sesiones de coaching, trabajar la autoestima personal. Porque somos auténticos mendigos emocionales, siempre pendientes de agradar a nuestra pareja, a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos, a nuestros jefes, a nuestros colegas… Y a nosotros ¿cuándo nos toca agradarnos?

Te aseguro, por experiencia personal, que la mejor manera de estar a bien con los demás es estar bien con uno mismo. Este es, posiblemente, el secreto mejor guardado y más simple de la felicidad.

Relato #25 EL CIELO Y EL INFIERNO

Para los que no acaban de ver el valor de la colaboración

“Érase una vez en un reino lejano de Oriente dos amigos que tenían la curiosidad y el deseo de saber sobre el Bien y el Mal. Un día se acercaron a la cabaña del Maestro para hacerle algunas preguntas. Una vez dentro le preguntaron:

-Anciano díganos: ¿qué diferencia hay entre el cielo y el infierno?…

El sabio contestó:

-Veo una montaña de arroz recién cocinado, todavía sale humo. Alrededor hay muchos hombres y mujeres con mucha hambre. Pero los palillos que utilizan para coger el arroz son tan largos, que cuando intentan llevar los granos a sus bocas, estos se caen y su hambre se hace más fuerte. Su frustración es tanta que todos ellos lloran, gimen, se insultan entre ellos. Se empujan unos a otros con tal de tomar un poco más de arroz, en vano.

Más tarde, el sabio proseguía:

—Veo otra montaña de arroz tan grande como la otra y alrededor, también hay centenares de hombres y mujeres que quieren comer. Pero todos ellos están felices. Los palillos que tienen son demasiado largos, más que sus propios brazos, sin embargo eso no los detiene para calmar su hambre. En lugar de frustrarse o actuar los unos en contra de los otros, cogen los granos de arroz y se los dan de comer a la persona de al lado. Han aprendido a ayudarse entre ellos y no sienten envidia, ni odio. En vez de preocuparse por lastimar al prójimo, se están alimentando unos a otros.

Los amigos empezaban a comprender lo que el maestro quería decirles.

—No hay tal cosa como el cielo o el infierno, solo nuestras acciones en vida. La Tierra entera podría ser un paraíso si todos pusiéramos de nuestra parte para amar a los demás, en lugar de dejarnos llevar por la ira y el resentimiento. Ustedes pueden llevar el cielo a donde quiera que vayan, expandiendo este mensaje y enseñando a otros a ser amables con el resto. Todos tenemos mucho amor para dar.”

(leyenda china)

Un cuento breve que habla de solidaridad y colaboración para este tiempo tan polarizado y violento, en el que prevalece la ley del más fuerte.

Todos podríamos llevar el cielo con nosotros si en lugar de ser individualistas y pelearnos egoístamente por los recursos, pensamos en cómo nos podemos ayudar mutuamente. Hay un detalle importante en el relato. En ambos lugares el arroz es abundante, no es una cuestión de escasez de recursos, sino de aprovechar las sinergias para que todos podamos comer. Tampoco es cuestión de herramientas, pues tanto en el cielo como en el infierno los palillos disponibles son igual de largos. La diferencia está en nosotros mismos, en cómo somos capaces de aprovechar la abundancia y utilizar los recursos a nuestro alcance con creatividad, poniendo el foco no en la competencia sino en la colaboración.

Parece una utopía, pero pensemos dónde acabaremos si el mundo sigue con esta actitud de “matonismo” imperialista que propugnan las grandes potencias ¿En el cielo o el infierno? Desgraciadamente nunca tuvimos el infierno tan cerca.

Relato #24 LA VASIJA AGRIETADA

Para los que se sienten imperfectos pero tienen mucho que dar

“Érase una vez un aguador de la India que tenía dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que llevaba sobre los hombros. Una tenía varias grietas por las que se escapaba el agua, de modo que al final de camino sólo conservaba la mitad, mientras que la otra era perfecta y mantenía intacto su contenido. Esto sucedía diariamente. La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros pues se sabía idónea para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba avergonzada de su propia imperfección y de no poder cumplir correctamente su cometido. Así que al cabo de dos años le dijo al aguador:

-Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir por tu trabajo.

El aguador le contestó:

-Cuando regresemos a casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino.

Así lo hizo la tinaja y, en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo de la vereda; pero siguió sintiéndose apenada porque al final sólo guardaba dentro de sí la mitad del agua del principio.

El aguador le dijo entonces:

-¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Quise sacar el lado positivo de tus grietas y sembré semillas de flores. Todos los días las has regado y durante dos años yo he podido recogerlas para alegrar mi casa. Si no fueras exactamente como eres, con tu capacidad y tus limitaciones, no hubiera sido posible crear esa belleza.”

(fábula hindú)

Todos somos como vasijas agrietadas. Aunque envidiemos la perfección que sólo vemos en los demás, cada uno de nosotros tiene defectos o limitaciones con las que tiene que convivir. El mensaje positivo del cuento es que esas imperfecciones, que no son otra cosa que la propia naturaleza humana, pueden ser aprovechadas para conseguir buenos resultados con los que podemos aportar mucho a los demás. El valor del ejemplo, el poder de la empatía, la humildad de carácter, son cualidades que, como el agua, pueden regar nuestras relaciones y hacerlas florecer.

“¿Nuestra mayor fortaleza? Aceptar compasivamente nuestras debilidades”

  

Relato #23 LAS DOS HORMIGAS

Para los que aún tienen miedo al cambio

“Érase una vez dos hormigas que vivían, una en una montaña de azúcar y la otra cerca de allí, en un montículo de sal. La hormiga que vivía en la montaña de azúcar era feliz, porque disfrutaba de un alimento muy dulce, mientras que la hormiga que vivía en la montaña de sal siempre tenía una terrible sed después de comer.

Un día, la hormiga de la montaña de azúcar se acercó a la montaña de sal: 

– ¡Hola, amiga!- le dijo.

– ¡Hola!- contestó extrañada la hormiga del montículo de sal- ¡Qué bueno ver otra hormiga por aquí! Comenzaba a sentirme muy sola…

– Pues vivo muy cerca de aquí, en una montaña de azúcar.

– ¿Azúcar? ¿Y eso qué es?- preguntó extrañada la hormiga de la sal.

– ¿Nunca probaste el azúcar? ¡Te va a encantar! Si quieres, ven mañana a verme y te dejaré probar el azúcar.

– ¡Me parece una idea fantástica!- contestó intrigada la hormiga de la montaña de sal.

Al día siguiente, la hormiga del montículo de sal decidió aceptar la invitación de su vecina. Pero antes de partir, pensó en llevar en la boca un poco de sal, por si acaso el azúcar no le gustaba. Así tendría algo que comer.

Y después de andar un poco, enseguida descubrió la brillante montaña de azúcar. En lo más alto, estaba su vecina.

– ¡Qué bueno que viniste, amiga! Sube, que quiero que pruebes el sabor del azúcar.

– ¡De acuerdo!- contestó la hormiga de la sal.

Una vez arriba, la hormiga vecina le ofreció un poco de azúcar, pero como ella tenía sal en la boca, el azúcar le supo a sal.

– ¡Vaya, qué curioso!- dijo la hormiga de la sal- Resulta que tu azúcar sabe igual que mi sal. Debe ser lo mismo. Tú la llamas azúcar y yo la llamo sal.

– No puede ser- dijo extrañada la otra hormiga- Yo he probado la sal y no se parece en nada… A ver, abre la boca.

Entonces, la hormiga se dio cuenta de que tenía guardada sal en la boca.

– ¡Claro! ¡Ahora lo entiendo! Anda, escupe la sal y prueba de nuevo…

La otra hormiga obedeció y esta vez sí, el azúcar al fin le supo a azúcar.

– ¡Mmmmmm! ¡Deliciosa! ¡Es una maravilla!!- dijo la hormiga entusiasmada. Y se quedó a vivir con su nueva amiga, disfrutando del maravilloso y dulce sabor del azúcar.”

 (fábula de las hormigas escrita por el escritor indio Prem Rawat)

Si no te deshaces de aquello que a lo que te aferras sin que te haga feliz, no podrás disfrutar de lo nuevo y darte una oportunidad para mejorar.

No podemos rellenar un vaso de agua que está lleno hasta el borde. Incluso aunque no esté lleno del todo, enseguida se desbordará el agua. Y esto es, muchas veces, lo más difícil del cuento: vaciarte, desaprender lo que sabes y dejar espacio para todo lo nuevo que tienes que aprender para mejorar.

Este cuento nos habla del miedo al cambio y de lo absurdo que resulta ir a probar el azúcar con la sal aún en la boca. Lo absurdo de los “por si acaso” y lo aberrante de no atreverse a dejar de hacer tu actividad anterior cuando inicias otra que te llena realmente. Así, lo único que conseguimos es hacer todo mal o  a medias. ¿No será mejor poner el foco en lo que te ilusiona y dejar de llevar las pesadas cadenas de tu actividad de siempre que ya no te satisface? Si dedicas toda tu energía a lo que te gusta, seguro que tus posibilidades de éxito se multiplican y en el peor de los casos habrás disfrutado del camino y aprendido con él.

“La vida no se da siempre lo que quieres, pero te da siempre lo que necesitas.”

Relato #22 EL MAPA DEL TESORO

Para aquellos que necesitan una guía para descubrir su negocio

“Érase una vez un valiente explorador que llegó a una isla donde le habían dicho existía un gran tesoro. Se instaló en una cabaña al este de la isla y empezó a recorrer la isla en busca de las riquezas soñadas. Al principio iba sólo con su pico y su pala, pero pronto tuvo que contratar a un grupo de pequeños nativos que le ayudaban a cavar y a revisar todo lo excavado.

Aunque encontró algunas monedas y unas pocas piedras brillantes que pudo vender en el mercado de la isla, al cabo de un tiempo el explorador se sentía cansado, desanimado, con pocos ingresos y con muchos conflictos con sus ayudantes por su desorientación y no saber cómo trabajar con ellos.

Con estos problemas en su mente, le hablaron de un viejo capitán, experto navegante y buscador de tesoros que había ayudado a varios exploradores como él. Así que contactó con él y al cabo de unos días se presentó en su cabaña.

Era un hombre sencillo, de apariencia humilde, y llevaba consigo un viejo mapa de bordes desgastados y textos descoloridos que abrió encima de la mesa. – Tú buscas tu tesoro y yo tengo el mapa, con él te acompañaré a descubrirlo. Explicó el viejo capitán, dejando al explorador ansioso por empezar la ruta.

Al día siguiente, ambos, cargados con unas pocas provisiones y el raído mapa empezaron juntos a caminar. El capitán le iba haciendo preguntas poderosas y proponiéndole pruebas que le ayudaban a encontrar las sucesivas pistas. Primero buscaron la pista que le proporcionó motivación y energía, después siguieron con la pista que le mejoró su organización personal, la tercera pista le hizo experimentar el proceso de las ventas más eficaz y la última le permitió descubrir los secretos del liderazgo y de la gestión del equipo. Y así, después de un completo proceso en el que el capitán ejercía de mero copiloto e intérprete del mapa, el explorador estaba pletórico al llegar al final del camino que marcaba el mapa, pero tardo poco en decepcionarse al darse cuenta que habían llegado al jardín que había justo al lado de su cabaña.

-¡Tantas vueltas para llegar al mismo sitio! ¡Para ésto no te necesitaba! Se quejó el explorador. – Quizás has llegado al mismo sitio, pero tú ya no eres el mismo. Ahora dispones de todos los recursos para encontrar tú mismo el tesoro.  Replicó el capitán.

Y efectivamente, el explorador, después de observar detenidamente durante un buen rato el lugar que le era tan conocido, reunió a su equipo, les facilitó todas las herramientas y empezaron a cavar en una zona ocupada por dos grandes piedras que nunca había podido mover. Con un nuevo ímpetu el explorador contagió a todo su equipo su entusiasmo y al cabo de una ardua jornada de trabajo en equipo, retiraron las piedras y descubrieron una veta enorme de un metal gris, plateado y brillante que era desconocido para todos.

El capitán, que tenía algunos conocimientos de química, identificó el material como “Cerio” una de las tierras raras con muchas aplicaciones industriales; como catalizadores, aditivos para el combustible para reducir la contaminación ambiental, agentes para pulir vidrios o la fabricación de encendedores. Debido a su escasez y a la riqueza de la veta encontrada, su valor resultó ser muy alto y convirtió al explorador y a su equipo en una empresa próspera y apreciada por todos los habitantes de la isla.

Y el capitán se fue, sigilosamente con su mapa en busca de nuevas empresas, pero le dejó una nota en la cabaña que le recordaba:

 –No busques fuera, todo está dentro de ti.

(relato de elaboración propia, dedicado todos los emprendedores)

Dice Jorge Bucay que los cuentos sirven para dormir a los niños y despertar a los adultos. En este sentido puede ser cierto que los coachs vivimos  del cuento, ya que nuestra función es contribuir a ese despertar.

Mediante este relato he querido explicar en forma de historia cuál puede ser el papel  de un coach empresarial.  La isla es el mercado en el que queremos obtener beneficios, el explorador (siempre valiente) es el emprendedor o empresario, los nativos son sus empleados fácilmente desmotivados y el capitán es el intérprete del mapa que acompaña a la persona en su transformación. Y el mensaje es sencillo. A veces lo que buscamos está delante de nuestras narices y hasta que no cambiamos nuestra forma de mirar no somos capaces de verlo.  Hasta que no somos capaces de superar nuestras viejas creencias (las grandes losas de piedra) no podemos hacer aflorar toda nuestra riqueza.

El coaching no tiene respuestas rápidas, pero nos proporciona un mapa de ruta  para saber que si nosotros tenemos un problema, nosotros tenemos también la solución.

Relato #21 LA ESCUELA DE ANIMALES

Para reconocer y valorar las cualidades de cada miembro del equipo

“Érase una vez unos animales que decidieron que tenían que organizar una nueva escuela para resolver los problemas de “un nuevo mundo”. Acordaron un plan de actividades consistente en correr, trepar, nadar y volar. Para que fuera más fácil llevar a cabo el plan de estudios, todos los animales estudiaban todas las asignaturas.

 El pato era excelente nadando, de hecho era mejor que su instructor; pero sólo obtuvo calificaciones pasables volando, y era muy mediocre corriendo. Puesto que era lento corriendo, tenía que quedarse a la salida de clase y dejar la natación para practicar la carrera. Esto continuó así hasta que las membranas de sus pies se desgastaron y se volvió sólo mediocre nadando. Pero el aprobado era aceptable en la escuela, así que nadie se preocupó, excepto el pato.

El conejo empezó siendo el primero de la clase corriendo, pero sufrió una crisis nerviosa de tanto entrenar en las clases de natación.

La ardilla era magnífica trepando, pero se sentía frustrada en la clase de vuelo porque el profesor le hacía empezar desde el suelo en vez de desde lo alto de un árbol. Así que por el exceso de ejercicio tuvo calambres, y empeoró sus notas en trepar y en correr.

 El águila era muy problemática y estaba siempre castigada. En la clase de trepar derrotó a todos los demás subiendo a la copa del árbol, pero insistía en llegar hasta allí a su manera.

Al final del curso, una rara anguila que sabía nadar bastante bien, y también correr, saltar y volar un poco, obtuvo la mejor nota media y le correspondió leer el discurso de despedida.

Los perrillos de las praderas  se quedaron fuera de la escuela y reclamaron no haberse matriculado al no haber incluido, entre las materias, la asignatura de excavar. Dejaron a sus  cachorros, en período de prácticas, con el tejón y, más tarde, se juntaron con las marmotas y los topos para crear una exitosa escuela privada.

 (relato de George H. Reavis del libro “Animal School”)

Este cuento, ampliamente difundido en el mundo de la educación,  habla también de la gestión del talento. Todos tenemos unas cualidades y características únicas y es labor de los educadores en las escuelas (y también de los coaches en las empresas) aflorarlas.

Normalmente se mide el talento de las personas con un rasero único con el resultado de limitar a los que desarrollan un talento específico excepcional y potenciar la mediocridad de los que sólo hacen las cosas medianamente bien. En el trabajo con los equipos es fundamental conocer y aprovechar las cualidades de cada miembro. Ofrecer a cada uno un lugar en el equipo donde pueda desarrollar su mejor versión es un arte del liderazgo de equipos de alto rendimiento. Hay personas que destacan por su organización y capacidad de planificación, otras por su creatividad y sus ideas innovadoras, otras son buenas desarrollando un trabajo constante en segundo plano y otras tienen el ímpetu de ponerse al frente y tirar del equipo.

El coaching proporciona herramientas, en forma de test de talentos, que nos permite conocer cómo somos, cómo nos comunicamos, cuáles son nuestras aptitudes y cómo podemos contribuir de mejor forma al rendimiento del equipo. Pero lo fundamental es tomar conciencia de que todos somos diferentes y reconocer los beneficios de esa pluralidad para la realización de cada individuo  y el  éxito del equipo.

Relato #20 LA ISLA DE PASCUA

Para los que aún piensan que la naturaleza es inagotable

“Érase una vez una isla ubicada en medio del Océano Pacífico, alejada a más de 2.000 kilómetros de cualquier otro lugar. Hoy la conocemos como La Isla de Pascua, pero sus habitantes la llaman Rapa Nui. Los primeros polinesios se encontraron con una frondosa vegetación y una abundante fauna. Prácticamente toda la isla estaba cubierta de bosque y era una de las mayores colonias de aves marinas de la zona. Sin embargo, también era muy ventosa, bastante fría y poco lluviosa. Sin aquel bosque, la biosfera de la isla quedaba desprotegida.

Pero esto es algo que los pascuenses no sabían. A medida que la población aumentaba, cazaban y pescaban más, cogían más frutos de los árboles y talaban el bosque más rápido, empleando cada vez más cantidad de su principal fuente de energía: la madera. Con el paso de los años, la población terminó por aislarse completamente del resto del mundo. Sólo existían ellos y el océano que los rodeaba. Construían estatuas para dar gracias a los dioses por la fertilidad de la tierra y por ser los elegidos para vivir en «el ombligo del mundo», que es lo que significaba el nombre autóctono y original de la isla: «Te pito o te henua», en el idioma indígena de los Rapa Nui.

A lo largo del siglo XVII, la población pascuense creció desmesuradamente, alcanzando «el pico de su civilización». Es decir, el momento en que su modelo de crecimiento no pudo seguir avanzando y comenzó a declinar. A partir de entonces, los recursos naturales empezaron a escasear. La sobreexplotación acabó con la caza. Y cada vez había menos pesca. La tala del bosque hizo la tierra más árida y las cosechas más pobres. Con la escasez de árboles, se terminó la madera. Así es como sus habitantes dejaron de disponer de abono, herramientas, canoas y cuerdas. Incluso empezaron a tener dificultad para hacer un buen fuego.

En su lucha por la supervivencia, las tribus de la isla comenzaron a pelear entre ellas para obtener la energía que necesitaban para alimentarse y guarecerse del frío. Al principio lo hacían pacíficamente, intentando reconquistar el favor de los dioses para que la tierra recuperara su antigua fertilidad. Competían por ver qué tribu construía la estatua de piedra más alta. Estos «moais» representaban a sus respectivos dioses por medio de monolitos con grandes cabezas. Y todas ellas dirigían la mirada hacia el interior de la isla. Irónicamente, construir y erigir estas estatuas consumía enormes cantidades de madera, aceleraba la deforestación y producía el efecto contrario al deseado: extender la aridez de la tierra.

El colapso de esta civilización llegó en forma de lucha armada entre sus tribus. Se destruyeron y mataron unas a otras para obtener los escasos recursos existentes. Incluso llegaron a practicar el canibalismo. De los 30.000 habitantes que llegaron a vivir en la Isla de Pascua, a principios del siglo XVIII sólo quedaban 3.000. Cuando los navegantes europeos descubrieron Rapa Nui, en 1722, les inquietó ver toda la tierra cubierta de moais derribados y puntas de flecha desparramadas por todas partes. Y más tarde, se sorprendieron al ver con sus propios ojos como los habitantes supervivientes seguían luchando unos contra otros de forma salvaje y encarnizada. Curiosamente, al entrar en contacto con los primeros europeos, los desnutridos pascuenses solo les pedían una cosa: madera.”

(historia  real extraída del libro “Qué harías si no tuvieras miedo” de Borja Vilaseca)

La historia de la Isla de Pascua es la metáfora del ECOCIDIO, el suicidio ecológico de la humanidad. Es la representación a pequeña escala de lo que está pasando con el planeta, con la sobreexplotación de recursos y las luchas fratricidas por el control de esos recursos. Parece que no aprendemos nunca. El ejemplo de los habitantes de Rapa Nui, prepotentes y arrogantes ante la escasez de madera, puede extrapolarse a todas las materias básicas para la sociedad, desde los combustibles fósiles y los minerales, hasta el agua,  o el aire que respiramos. Todos estos bienes son finitos y su consumo excesivo con un criterio puramente económico provocará, tarde o temprano, el colapso de nuestra civilización, al igual que la pascuense.

Hoy, nuestros “moais” puede ser las estatuas de nuestros líderes políticos, incapaces de llegar a acuerdos medioambientales, los intereses de las grandes corporaciones económicas y nuestras propias figuras como ciudadanos corrientes, mirándonos el ombligo y acomodados en nuestro bienestar material. ¿Cuántos “moais” tenemos que ver derribados hasta darnos cuenta  en nuestras empresas de la incongruencia de un crecimiento insostenible?

Relato #19 ZANAHORIAS, HUEVOS Y CAFÉ

Para los que no saben cómo actuar ante la adversidad

“Érase una vez una hija que se quejaba a su padre acerca de su vida y cómo las cosas le salían tan mal. No sabía cómo hacer para seguir adelante y pensaba en darse por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Su padre, que era cocinero, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las puso sobre el fuego y esperó hasta que el agua empezó a hervir. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó unos granos de café. Las dejó hervir sin decir nada más, mientras su hija le miraba extrañada por su mutismo.

A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un recipiente. Sacó los huevos y los colocó en otro. Por último coló el café y lo sirvió en un tercer recipiente.

Mirando a su hija le dijo: “Querida, ¿qué ves?”. “Zanahorias, huevos y café”, fue su respuesta. La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma. La hija le preguntó con cara de asombro: -¿Qué significa esto, padre?.

Él le explicó que los tres elementos se habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente. La zanahoria llegó al agua siendo fuerte y dura. Pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua siendo frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café sin embargo eran especiales. Después de estar en agua hirviendo, habían convertido el agua en una aromática infusión.

– ¿Cual eres tú?, le preguntó a su hija. – Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes? ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?”

(“cuentos para pensar” de Jorge Bucay)

Como dice el relato, lo importante no es lo que te pasa, sino qué es lo que haces con lo que te pasa. La realidad es neutra. Somos nosotros, con nuestras actitudes e interpretaciones, los que juzgamos como buena o mala una situación, y dependiendo de cómo somos y cómo estamos, esa realidad nos afecta de una manera u otra. A veces, como la zanahoria nos volvemos blandos y nos acobardamos, otras veces, como el huevo nos endurecemos y reaccionamos con dureza y con rudeza ante esa misma situación y otras veces, las menos, actuamos con resiliencia y aprovechamos las adversidades para cambiar y dar una mejor versión de uno mismo.

La buena noticia es que, al contrario de las zanahorias, los huevos y el café, nosotros no somos esclavos de nuestra naturaleza. Tenemos la libertad de elegir cómo nos afecta y nos transforman nuestras circunstancias. Esta es la gran potencia de una herramienta como el coaching, hacer conscientes a las personas de que somos responsables de cómo nos afecta la realidad y en cierto modo podemos así transformarla. Somos protagonistas y no simples víctimas de nuestras vidas.

Relato #18 EL CUBERO Y EL TUBERO

Para repensar nuestro modelo de negocio a base de esfuerzo personal

“Érase una vez un pequeño pueblo con un gran problema: sus habitantes no disponían de agua a menos que lloviera. Para resolver ese problema de una vez por todas, los ancianos de la aldea decidieron contratar a algún profesional para suministrar agua a la aldea de manera diaria. Dos personas se ofrecieron para llevar a cabo la tarea y los ancianos otorgaron el contrato a ambos. Consideraron que un poco de competencia mantendría los precios bajos y aseguraría el suministro de agua.

El primero de los dos ganadores del contrato se presentó como “cubero”, y enseguida se vio que era un empleado muy trabajador. Salió inmediatamente, regresó con dos cubos de acero galvanizado y comenzó a correr de ida y de regreso a lo largo del camino al lago que se encontraba a un km de distancia. Juan comenzó a ganar dinero inmediatamente al trabajar desde la mañana hasta la noche acarreando agua del lago en sus dos cubos. Las vaciaba en un gran tanque que la aldea había construido.

Cada mañana tenía que levantarse antes que los demás habitantes para asegurarse de que habría suficiente agua cuando ellos se levantaran. Era un trabajo duro, pero él estaba muy contento porque estaba ganando dinero y porque tenía uno de los dos contratos exclusivos para este negocio.

El segundo ganador del contrato, que se presentó como “el tubero” resulto ser un emprendedor con ideas creativas e innovadoras. Tras firmar el contrato, desapareció durante algún tiempo. No se le vio durante varios meses, lo que hizo muy feliz al cubero dado que no tenía competencia y estaba ganando todo el dinero.

En vez de comprar dos cubos para competir con el cubero, el tubero definió un plan de negocios, creó un equipo, y regresó seis meses después con un grupo de trabajadores de la construcción. Al cabo de un año su equipo había construido una tubería de acero inoxidable de gran volumen que conectaba a la aldea con el lago.

Durante la gran ceremonia de inauguración, el constructor de tuberías anunció que su agua era más limpia que la del cubero y anunció también que podía suministrar agua a la aldea 24 horas al día, siete días a la semana. Su competidor sólo podía suministrar agua en días laborales ya que no trabajaba los fines de semana. Enseguida, anunció que cobraría menos por este suministro de agua y de mejor calidad. Los habitantes de la aldea lo tuvieron claro y empezaron a comprar el agua de la tubería del emprendedor, dejando de usar los servicios del cubero.

Con el fin de competir, éste bajó su precio inmediatamente, consiguió otros dos cubos y comenzó inmediatamente a acarrear cuatro en cada viaje. Para proporcionar mejor servicio, contrató a sus dos hijos para que le ayudaran en el turno de la noche y durante los fines de semana. Cuando sus hijos se marcharon a la universidad, él les dijo que se apuraran a volver porque algún día ese negocio les pertenecería. Pero sus hijos no regresaron después de la universidad y se buscaron otros trabajos más rentables. El cubero se sentía demasiado cansado, cargando cuatro cubos de agua 12 horas al día y sin descanso semanal. Intentó contratar empleados pero nadie  quería acarrear más de un cubo a la vez y los sindicatos se le echaban encima..

Por su parte, el tubero emprendedor se dio cuenta de que si esa aldea necesitaba agua, entonces otras aldeas también debían necesitarla. Y se dispuso a ofrecer su sistema de agua limpia a otros pueblos que no contaban con un suministro de agua permanente y lo vendió a más de 50 aldeas. Llegó un día en que cada vez ganaba más dinero sin apenas trabajar y hasta el final de sus días tuvo una vida tranquila rodeado de su familia y sus amigos.

En cambio el cubero terminó encontrando un pueblo que decidió contratar solamente sus servicios, trabajó muy duro por el resto de su vida y nunca llegó a resolver sus problemas financieros.” 

(parábola contada por Robert Kiyosaki, autor del libro “Padre Rico, Padre Pobre. También  adaptada en el libro “La parábola del acueducto” de Burge Hedges)

Al leer este relato todos nos preguntamos: ¿Estamos acarreando cubos o construyendo tuberías?

Valoramos mucho el  carácter trabajador y el esfuerzo de las personas, pero el relato nos habla de que esa exaltación del trabajo duro está quizás sobrevalorada. Kiyosaki nos hace ver en esta historia, que el poder de la creatividad y de la innovación,  de una buena planificación y la potencia del equipo puede superar con crecer el esfuerzo y sudor individual.

Por supuesto que existen riesgos si nos diferenciamos  al querer hacer las cosas de forma distinta.  Claro que nos acusarán de indolentes si dejamos de trabajar en lo de siempre y nos dedicamos a pensar y diseñar nuevos modelos de negocio. Siempre da miedo abandonar lo conocido para entregarnos a un futuro incierto. En esos momentos piensa en la imagen del tubero y el cubero al final del cuento y dime ¿cómo quién quieres acabar?

Relato #17 EL VALOR DEL ANILLO

Para los que aún no se valoran

“Érase una vez un joven discípulo que fue a visitar su anciano profesor. Y entre lágrimas, le confesó: “He venido a verte porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas ni para levantarme por las mañanas. Todo el mundo dice que no sirvo para nada. ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?”

El profesor, sin mirarlo a la cara, le respondió: “Lo siento, chaval, pero ahora no puedo atenderte. Primero debo resolver un problema que llevo días posponiendo. Si tú me ayudas, tal vez luego yo pueda ayudarte a ti”.

El joven asintió con la cabeza. “Por supuesto, dime qué puedo hacer por ti”. El anciano se sacó un anillo que llevaba puesto y se lo entregó. “Estoy en deuda con una persona y no tengo suficiente dinero para pagarle”, le explicó. “Ahora ve al mercado y véndelo. Eso sí, no lo entregues por menos de una moneda de oro”.

Una vez en la plaza mayor, el chaval empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Pero al pedir una moneda de oro por él, algunos se reían y otros se alejaban sin mirarlo. Derrotado, el chaval regresó a casa del anciano: “Lo siento, pero es imposible conseguir lo que me has pedido. Como mucho me daban dos monedas de bronce.”

El profesor, sonriente, le contestó: “No te preocupes. Me acabas de dar una idea. Antes de ponerle un nuevo precio, necesitamos saber el valor real del anillo. Ve al joyero y pregúntale cuánto cuesta. Y no importa cuánto te ofrezca. No lo vendas.”

Tras un par de minutos examinando el anillo, el joyero le dijo que era “una pieza única” y que se lo compraba por “50 monedas de oro”.

El joven corrió emocionado a casa del anciano. “Estupendo, ahora siéntate un momento y escucha con atención”, le pidió el profesor. “Tú eres como este anillo, una joya preciosa que solo puede ser valorada por un especialista. ¿Pensabas que cualquiera podía descubrir su verdadero valor?” “Todos somos como esta joya: valiosos y únicos. Y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que personas inexpertas nos digan cual es nuestro auténtico valor.” 

(extraído del libro “26 cuentos para pensar”, de Jorge Bucay.)

Me toca la fibra este relato. He sentido muchas veces la sensación del joven discípulo y lo he visto también en la mayoría de mis clientes. Ese sentimiento de que no vales, no puedes o no eres lo suficientemente bueno para conseguir lo que quieres. Es el llamado “síndrome del impostor” que te hace ver a los demás siempre mejores y más capaces que tú mismo, e infravalorar tus cualidades para alcanzar el éxito.

El símil de la joya resulta muy gráfico. Su valor parece que depende del que observa, pero en realidad el valor de cada uno es incalculable porque no sólo cuenta lo que eres sino lo que puedes llegar a ser, de la misma manera que una bellota encierra el potencial de un majestuoso roble. Un buen coach es como ese joyero especialista que es capaz de ver el verdadero valor de su cliente, aunque lo importante es que cada uno se haga consciente de su propia valía.